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miércoles, 9 de septiembre de 2026

EL DICTADOR MILITAR PERUANO JUAN VELASCO ALVARADO

El general Juan Velasco Alvarado ocupó un lugar central en la historia republicana del Perú durante el siglo XX. Su régimen militar, autodenominado Gobierno Revolucionario de la Fuerza Armada (1968-1975), quebró el orden democrático tradicional e impulsó un conjunto de reformas estructurales sin precedentes en la economía, la sociedad y la cultura del país. Desde la expropiación de yacimientos petrolíferos hasta una radical Reforma Agraria, su proyecto buscó transformar las estructuras de poder nacional mediante una vía estatista y de pronunciado acento popular.

Sin embargo, para comprender el surgimiento, la orientación y la magnitud de estas medidas, es indispensable ubicar el proceso peruano dentro del contexto histórico mundial y regional de las décadas de 1960 y 1970:

 

La Guerra Fría y la bipolaridad mundial: El mundo se encontraba profundamente dividido entre el bloque capitalista, liderado por Estados Unidos, y el bloque socialista, encabezado por la Unión Soviética. En este escenario, surgían con fuerza los movimientos de liberación nacional y el Movimiento de Países No Alineados (o el Grupo de los 77), al cual Velasco se adhirió bajo la consigna de una tercera vía: "ni con el capitalismo ni con el comunismo".

 

El impacto de la Revolución Cubana (1959): El triunfo de Fidel Castro en Cuba encendió las alarmas de seguridad en Washington y en los estamentos militares de América Latina. Las doctrinas de seguridad nacional promovidas por EE. UU. buscaban frenar el avance del comunismo. No obstante, en el Perú, los oficiales formados en el Centro de Altos Estudios Militares (CAEM) concluyeron que la mejor forma de evitar una revolución de tipo marxista o guerrillera no era solo la represión, sino la eliminación directa de la injusticia social y del subdesarrollo mediante reformas conducidas desde el propio Estado.

 

Tensiones continentales y dictaduras de la época: A diferencia de las dictaduras de derecha que emergieron en el Cono Sur durante los años 70 (como las de Chile o Argentina), alineadas férreamente con Washington y de corte económico liberal, el régimen de Velasco se definió como progresista, nacionalista y antiimperialista. Esto generó severas fricciones con la administración estadounidense de Richard Nixon y llevó al Perú a establecer acuerdos diplomáticos y militares inéditos con la URSS y el bloque socialista.

 

El contexto económico global: La primera etapa del gobierno militar coincidió con un periodo de expansión y proteccionismo en América Latina. Sin embargo, hacia la mitad de la década de 1970, el escenario mundial cambió drásticamente con la Crisis del Petróleo de 1973. El alza global de los precios del combustible y la subsiguiente recesión internacional impactaron de lleno en las arcas del Estado peruano, acelerando el colapso económico del modelo estatista.

 

En este complejo marco internacional de confrontación ideológica y cambios geopolíticos, la figura de Velasco Alvarado se erige como la de un actor contradictorio y trascendental: un militar que encabezó una dictadura que suprimió libertades cívicas y sumió al país en una aguda crisis económica, pero que, simultáneamente, reconfiguró la identidad social, laboral y cultural del Perú contemporáneo.

 

 

 

 

Juan Francisco Velasco Alvarado (Castilla, Piura, 16 de junio de 1910-Lima, 24 de diciembre de 1977) fue un militar y político peruano quien siendo jefe del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas, dirigió y ejecutó el golpe de Estado del 3 de octubre de 1968, con el cual derrocó al presidente Fernando Belaúnde Terry y logró ejercer el poder absoluto hasta 1975 durante el llamado Gobierno Revolucionario de la Fuerza Armada. 

 

Proveniente de una familia de clase trabajadora de Piura, estudió en el Colegio San Miguel de dicha ciudad. En 1929 se trasladó a Lima para sentar plaza como soldado y, al año siguiente ingresó a la Escuela Militar de Chorrillos de donde egresó en 1934 como subteniente de infantería. Poco a poco fue ascendiendo en los diversos grados de la carrera militar, al tiempo que desempeñaba cargos propios de la vida profesional. Fue director de la Escuela Militar, jefe de Estado Mayor de la IV División del Centro de Instrucción Militar del Perú, comandante general de la II División Ligera en 1960, y luego de la I Región Militar en 1964. Ascendido a general de división en 1965, fue nombrado inspector general del Ejército; luego fue nombrado Jefe del Estado Mayor en 1966, comandante general del Ejército en 1967 y jefe del Comando Conjunto en 1968. En esta situación y junto con los comandantes generales de las otras armas, constituyó una Junta Revolucionaria que derrocó al presidente Fernando Belaúnde Terry el 3 de octubre de 1968, siendo él designado como Presidente de la República. 

 

Su labor al frente del gobierno se distinguió por una serie de cambios y reformas estructurales que implementó en el país, autodenominada la "Revolución peruana". El 9 de octubre de 1968, expropió la refinería de Talara operada de la International Petroleum Company, empresa trasnacional a la que expulsó del país, poniendo así fin al largo litigio de La Brea y Pariñas. El 24 de junio de 1969 dio la Ley de la Reforma Agraria, que buscaba un reparto equitativo de la tierra, la distribución racional del agua y la elevación de la dignidad de los campesinos. Además del petróleo, nacionalizó los demás recursos básicos del país: los yacimientos mineros (Cerro de Pasco, Marcona, Quellaveco y Michiquillay); y la industria pesquera. Puso bajo control directo del Estado la banca, las telecomunicaciones y los diarios. Hizo una amplia reforma educativa, que incluyó declarar al idioma quechua como lengua oficial, entre otros cambios estructurales para adecuar al país a la coyuntura del mundo. En el aspecto internacional, entabló relaciones con los países del bloque socialista, participó en el Grupo de los 77 o de los países en vías de desarrollo y se declaró antiimperialista. 

 

El gran costo que trajeron consigo las reformas estructurales, así como la crisis del petróleo de 1973, desataron en el país una crisis económica. Se incrementó la inflación y aumentó el costo de vida, lo que trajo consigo el malestar social, cuyo momento más tenso fue el llamado Limazo de 5 de febrero de 1975. Desde 1973 Velasco estuvo delicado de salud, debiendo sufrir la amputación de una pierna, pese a lo cual siguió gobernando hasta que fue relevado del gobierno el 29 de agosto de 1975, tras el golpe de Estado del general Francisco Morales Bermúdez Cerruti. Su salud se agravó en 1977, acabando por fallecer a fines de ese mismo año. Su entierro fue multitudinario. 

 

Infancia y juventud

Fue hijo de Manuel José Velasco Gallo y de Clara Luz Alvarado Zevallos. Nació en el pueblo de Tacalá, en el distrito de Castilla de la provincia de Piura, el 16 de junio de 1910. Provenía de una familia de clase trabajadora. Su padre era sanitario, y su madre vendía chicha para solventar los gastos del hogar, ya que en total eran once hermanos.

 

Cursó estudios escolares primarios en el centro escolar N.º 21 (1918-1922) y secundarios en el Colegio San Miguel (1923-1927), ambos de la ciudad de Piura. Terminados sus estudios escolares, decidió seguir la carrera militar, pero al no contar con recursos para trasladarse a Lima, demoró meses en partir, hasta que se embarcó de polizón en el barco chileno Imperio que se hallaba acoderado en el puerto de Paita. 

 

Carrera militar

En 1929, a los 18 años, llegó a Lima cuando ya se había realizado el concurso de admisión a la Escuela de Cadetes de la Escuela Militar de Chorrillos de ese año. Decidió entonces incorporarse al ejército como recluta, el 5 de abril de 1929. Pudo ingresar al ejército gracias a la intercesión del capitán Félix Huamán Izquierdo, su paisano. Asistió luego a la Escuela Militar de oficiales, de donde egresó el 1 de febrero de 1934, con el grado de subteniente de infantería. Obtuvo el primer puesto de su promoción (llamada Huáscar), pero la espada de honor la ganó su compañero Enrique López Velasco, del arma de ingeniería. 

 

En 1935 fue nombrado instructor de la Escuela de Clases. En 1937, ascendió a teniente. En 1939, pasó a ser instructor de la Escuela de Cadetes. En 1940, ascendió a capitán y fue destacado a la División de la Selva, pero retornó a Lima en 1941, para servir como instructor en la Escuela de Oficiales. 

 

Pasó a cursar en la Escuela Superior de Guerra (1944), donde más tarde fue profesor de Infantería, Táctica y Estado Mayor (1946). En 1945, ascendió a mayor y en 1946 fue diplomado como oficial de Estado Mayor. En 1949, ascendió a teniente coronel y en 1952, pasó a dirigir la Escuela Militar donde hizo varias reformas, adecuando su reglamento al avance del arte bélico. 

 

En 1953, pasó a comandar un batallón de infantería de la División de la Selva, hasta 1954. Al año siguiente ascendió a coronel. Luego pasó a ser Director de la Escuela de Infantería y jefe de Estado Mayor de la IV División del Centro de Instrucción Militar del Perú (1955-1958). 

 

En 1959, bajo el segundo gobierno de Manuel Prado Ugarteche, fue ascendido a General de Brigada. Su ascenso se dio por intercesión directa del presidente, ya que había sido “baloteado” (descalificado) por el entonces ministro de Guerra, Alejandro Cuadra Ravines. Fue nombrado director general de Tiro y comandante general de la II División Ligera, cargo que ejerció de 1960 a 1961. 

 

En 1962, pasó a ser agregado militar en la Embajada del Perú en París, Francia y, ya de retorno, fue nombrado jefe de Estado Mayor de la I Región Militar (1964). En 1965, ascendió a General de División. En enero de 1968, bajo el primer gobierno de Fernando Belaúnde Terry, asumió la Comandancia General del Ejército y la presidencia del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas del Perú. El ejercicio de estas dos funciones impidió que el presidente Belaunde lo nombrara ministro de Guerra en su último gabinete que juró el 3 de octubre de 1968. El que asumió entonces el ministerio de Guerra fue el general Roberto Dianderas. 

 

En Chincha, conoció a la que sería su esposa, Consuelo Gonzales Posada (hermana de Luis Gonzales Posada), que por entonces era una activista aprista. De esta unión nacieron: Teresa Consuelo, María Elena, Francisco Javier y Juan Mario.

 

Plan de salvación nacional contra el gobierno de Belaúnde

Desde la Comandancia General del Ejército y la presidencia del Comando Conjunto, empezó a preparar el plan de salvación nacional contra el gobierno democrático de Belaúnde, que era permanentemente saboteado desde el Congreso por el APRA y el odriísmo aliados. Entre los oficiales que secundaron a Velasco destacaban cuatro coroneles: Rafael Hoyos Rubio, Jorge Fernández-Maldonado, Leonidas Rodríguez Figueroa y Enrique Gallegos Venero. Estos oficiales, formados en el Centro de Altos Estudios Militares (CAEM), se dedicaron previamente a estudiar la situación política, social y económica del Perú y concibieron un plan que, a su juicio, superaría la terrible crisis que agobiaba a la nación. 

 

Según Velasco, desde el 28 de abril de 1968 se hallaba redactado el Plan Inca, el plan secreto al que debía ajustarse su gobierno revolucionario, que redactó en colaboración con dichos coroneles, pero solo lo daría a conocer públicamente en 1974. 

 

El escándalo del Acta de Talara y la Página 11

Artículo principal: La Brea y Pariñas

 

Después de la juramentación de nuevo Gabinete de Belaúnde, presidido por Miguel Mujica Gallo, Velasco despide y estrecha la mano de Belaúnde, horas antes de dar su Golpe de Estado.

Se justificó el golpe de Estado con el antiguo problema de La Brea y Pariñas. Este era el nombre de unos yacimientos petrolíferos situados en el norte y explotados entonces por una compañía estadounidense, la International Petroleum Company (IPC). Durante décadas esta compañía y su antecesora británica se habían negado a pagar al Estado el monto real de los impuestos por explotación, usando a su favor un error inicial de parte del Estado en la medición de las pertenencias que explotaban. 

 

Este viejo litigio tuvo su término el 13 de agosto de 1968 con la suscripción del Acta de Talara, por la cual todos los campos petrolíferos que explotaba la IPC retornaban al Estado peruano, mientras que dicha compañía solo se quedaba con la vieja refinería de Talara. Pronto se habló de manejos ocultos en la operación, que supuestamente beneficiaban a la IPC, y se acusó de “entreguismo” al gobierno de Belaunde. El escándalo estalló cuando se denunció que faltaba una página en el contrato de precios de petróleo crudo entre la estatal Empresa Petrolera Fiscal (EPF) y la IPC (10 de septiembre de 1968). Se especuló si en esa página específica figuraba algún beneficio que de manera furtiva el Estado estaría dando a la IPC. Esa fue el famoso escándalo de la "Página Once", que fue el detonante del golpe de Estado que Velasco encabezaría en menos de un mes. 

 

El mismo Velasco reconoció que el golpe de Estado de octubre de 1968 fue tramado desde inicios de ese año, antes de que estallara el escándalo de la página once, por lo que este no pudo ser su verdadera razón, sino solo el detonante o el pretexto. Se ha discutido por tanto sobre las verdaderas causas del golpe. Mientras que unos sostienen que a los militares les inspiraba un sincero deseo de implantar la justicia social en el Perú, otros han hecho notar que estos, que por tradición eran antiapristas, se adelantaron a impedir la realización de las elecciones generales de 1969, en las que se presagiaba el triunfo de Víctor Raúl Haya de la Torre. Esta última tesis ha sido sostenida por el mismo Belaunde, argumentando que en el fondo, el golpe no iba dirigido contra su gobierno (que estaba por finalizar), sino para evitar que Haya de la Torre llegara al poder. 

 

El golpe de Estado de 1968

Véase también: Golpe de Estado en Perú de 1968

 

Soldado de Ejército Peruano, encerrando la rejas del Palacio del Gobierno, durante el golpe.

El 2 de octubre de 1968, el general Velasco acudió por la mañana al Palacio de Gobierno y presentó su saludo al presidente Belaúnde, durante la juramentación del gabinete presidido por Miguel Mujica Gallo. En horas de la madrugada del 3 de octubre, tanques de la división blindada rodearon el Palacio de Gobierno, así como el Palacio del Congreso. El presidente Belaúnde fue aprehendido y enviado en avión hacia Buenos Aires. El Congreso fue cerrado. 

 

Se consumó así el golpe de Estado, que a decir de los golpistas tenía carácter de “institucional”, es decir que contaba con el apoyo de las Fuerzas Armadas en sus tres armas (Ejército, Marina y Aviación). Sin embargo, después se supo que el golpe había sido planeado por un grupo de oficiales del Ejército encabezados por Velasco, entre los que destacaban cuatro coroneles ya mencionados: Rafael Hoyos Rubio, Jorge Fernández-Maldonado, Leonidas Rodríguez Figueroa y Enrique Gallegos Venero. Los demás miembros de las Fuerzas Armadas, en sus tres ramas, se plegaron posteriormente, al consumarse los hechos. 

 

No obstante, se hizo visible el descontento de algunos oficiales. Como fue el caso del comandante general de la Marina, vicealmirante Mario Castro de Mendoza, que solicitó su pase al retiro, siendo reemplazado por el contralmirante Raúl Ríos Pardo de Zela. Asimismo, el general de división Alejandro Sánchez Salazar, partidario de Belaunde y el segundo en la jerarquía del Ejército, fue obligado a renunciar. Su lugar fue ocupado por el general Ernesto Montagne Sánchez, que pasó a ser el comandante general del Ejército. 

 El general Juan Velasco Alvarado en el año 1970.

 Conformación del Gobierno Revolucionario

En el manifiesto que ese mismo 3 de octubre de 1968 dieron los militares, estos trataron de justificar el golpe arguyendo contra el gobierno depuesto su «pseudo solución entreguista dada al problema de La Brea y Pariñas». Acto seguido, se dio el Estatuto que regiría al autodenominado Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas. Los comandantes generales: Ernesto Montagne Sánchez (Ejército), Raúl Ríos Pardo de Zela (Marina) y Alberto López Causillas (Fuerza Aérea) se constituyeron en Junta Revolucionaria y designaron al general Juan Velasco Alvarado como Presidente de la República. A diferencia de la Junta Militar de 1962, la Junta Revolucionaria instalada en 1968 no puso un límite al tiempo en que permanecería en el poder. Velasco habló de un “proceso” requerido para llevar a cabo las grandes reformas que el país necesitaba. 

 

El estatuto contemplaba que el presidente de la Junta Militar debía ser un miembro de la Fuerza Armada, sin precisar que estuviera o no en actividad. De modo que cuando Velasco pasó a la situación de retiro el 31 de enero de 1969, se mantuvo en la presidencia, al no haber unanimidad dentro de la Junta para que fuera relevado. 

 

En principio, el gobierno revolucionario declaró sujetarse a la Constitución vigente (la de 1933) y a las demás leyes, pero siempre en cuanto estas «sean compatibles con los objetivos del gobierno revolucionario». En otras palabras, la Constitución y las leyes quedaban subordinadas a los objetivos del gobierno. 

 

Velasco conformó su primer gabinete ministerial con ministros militares; posteriormente ingresarían civiles. Juraron el mismo día del golpe de Estado, el 3 de octubre, a las siete de la noche, luego de la lectura del Estatuto del gobierno revolucionario. Como presidente del Consejo de Ministros y ministro de Guerra fue nombrado el general Ernesto Montagne Sánchez. Los demás comandantes de la Junta pasaron a ser ministros de sus respectivas ramas: Raúl Ríos Pardo de Zela (Marina) y Alberto López Causillas (Aviación). El general Armando Artola Azcárate fue designado como ministro del Gobierno y Policía (cartera que pasó luego a ser denominada “del Interior”); y el general Edgardo Mercado Jarrín fue nombrado como ministro de Relaciones Exteriores. 

 

La toma de Talara

El 9 de octubre de 1968, se ordenó la toma de las instalaciones de la IPC en Talara, la misma que la realizaron las fuerzas de la Primera Región Militar con sede en Piura, al mando del general Fermín Málaga. Este hecho recibió una gran aprobación del país y ayudó al gobierno a consolidarse en el poder. La fecha del 9 de octubre se celebró a lo largo del gobierno militar como el Día de la Dignidad Nacional (efeméride que fue eliminada con el retorno a la democracia en 1980). 

 

Reformas y cambios estructurales

En líneas generales, la política de Velasco se enfocó a nacionalizar los sectores claves de la economía por medio de medidas proteccionistas e intervencionistas. Se rodeó de muchos civiles de tendencia socialista y tanto él como el resto de los militares que integraban la Junta y el Consejo de Ministros se consideraban a sí mismos como «progresistas». 

 

Discurso de miembros del gobierno revolucionario, en la fotografía se puede apreciar la imagen de Túpac Amaru II.

El gobierno nacionalizó sectores clave de la economía, como los bancos, la industria petrolera y los sectores relacionados con la exportación. La pesca, la minería, las telecomunicaciones, la energía, el petróleo, se agruparon en conglomerados estatales (PescaPerú, MineroPerú, Petroperú, ElectroPerú, EntelPerú, etc.); el tipo de cambio y el comercio exterior pasaron a depender del Estado. 

 

La IPC fue expulsada definitivamente del país, y aunque Velasco anunció reiteradamente que no le pagaría ninguna compensación, más tarde el Estado Peruano negoció con el gobierno de Estados Unidos para indemnizar a todas las empresas estadounidenses expropiadas por el gobierno militar. Se firmó al respecto el Convenio De la Flor-Greene, entre el canciller peruano, general Miguel A. de la Flor Valle, y el señor James R. Greene, enviado especial del presidente Richard Nixon. El monto global de la indemnización fue fijado en 76 millones de dólares, de los cuales, más de 23 157 000 fueron para la Standard Oil of New Jersey, de la que era filial la IPC. En cuanto al millonario adeudo tributario que la IPC tenía con el Estado peruano (origen del llamado caso La Brea y Pariñas), no volvió más a mencionarse y por ende, quedó en el olvido. 

 

La piedra angular de la política económica del gobierno fue la reforma agraria, que buscaba un reparto equitativo de la tierra, la distribución racional del agua y la elevación de la dignidad de los campesinos que hasta entonces eran explotados por los grandes propietarios de tierras o hacendados, a veces bajo el sistema feudal. Según una fuente, se redistribuyeron más de diez millones de hectáreas a cerca de 400 mil familias campesinas. 

 

El régimen de Velasco realizó inversiones masivas en educación. Las lenguas quechuas, hablada por casi la mitad de la población pero ignorada hasta entonces por las autoridades, fueron elevadas a un estatus equivalente al del español. 

 

Orden interno. Control de los medios de comunicación

En el orden interno, su gobierno, que ha sido definido como dictadura, tras asumir los poderes Ejecutivo y Legislativo, tomó el control del Poder Judicial. Destituyó a los miembros de la Corte Suprema y nombró a otros, y estableció el llamado Consejo Nacional de Justicia, al que dio la función de elegir a todos los jueces y vocales. De los diez delegados que conformaban este Consejo, seis eran puestos directamente por el gobierno. 

 

Mantuvo en proscripción al partido Acción Popular, a cuyos líderes obligó a exiliarse. Impuso fuertes restricciones a la libertad de prensa. En su propósito de controlar todos los medios de comunicación, empezó por expropiar y cooperativizar a los diarios Expreso y Extra, de propiedad de Manuel Ulloa Elías, que había sido uno de los prohombres del belaundismo. Adquirió indirectamente el diario La Crónica, a través de la apropiación del Banco Popular del Perú. También impuso su control sobre la radio y la televisión, obligándoles a las empresas a que el Estado tuviera un 50% de su accionariado, que posteriormente llegó al 100%. Finalmente, en la medianoche del 27 de julio de 1974, expropió todos los diarios de la capital que aún quedaban libres. 

 

Política exterior

En política exterior, a diferencia de las dictaduras militares latinoamericanas de la época, en su mayoría de derechas, estableció relaciones diplomáticas con la URSS, Cuba, China y otros países del bloque socialista. Adquirió material militar soviético y francés para modernizar el ejército peruano. Esto le valió la hostilidad de Estados Unidos, que respondió con presiones comerciales, económicas y diplomáticas. En 1973, el Perú pareció superar el bloqueo financiero impuesto por Washington al negociar un préstamo del Banco Interamericano de Desarrollo para financiar su política de desarrollo agrícola y minero. 

 

En el ámbito subcontinental, el Perú fue uno de los impulsores del proceso de integración andina, al suscribir el Acuerdo de Cartagena de 1969, que creaba el llamado Pacto Andino, actual Comunidad Andina. Las relaciones con Chile se deterioraron bruscamente tras el golpe de Estado ocurrido en dicho país en 1973. Como resultado, Velasco Alvarado diseñó planes sobre una posible invasión a este país.

 

Obras principales

Nacionalizó la Banca Nacional desde el inicio de su gobierno, cuando el 31 de diciembre de 1968 se dio el decreto ley 17330 dispuso que el 75% del accionariado debía estar en manos de peruanos. 

 

Nacionalizó algunos de los recursos mineros del país: expropió los yacimientos petrolíferos de Talara (de la IPC), así como las explotaciones e instalaciones de Cerro de Pasco Corporation y Marcona Mining. Surgieron diversas empresas estatales: PetroPerú (Petróleos del Perú), Centromin Perú (encargada de la actividad minera metalúrgica de la zona central del Perú), Hierro Perú (para Marcona) y Sider Perú (para la siderúrgica de Chimbote).  

 

Por decreto ley 17716 dado el 24 de junio de 1969, se dispuso una reforma agraria en todo el país con el objetivo de poner fin al sistema de tenencia de la tierra de la oligarquía terrateniente. En dicha fecha se celebraba el Día del Indio, que pasó a denominarse Día del Campesino. La reforma afectó a los latifundios de la sierra, pero también a los complejos agroindustriales de la costa. Los campesinos recibieron las tierras, pero su administración se encomendó inicialmente a tecnócratas y algunos oficiales del ejército en servicio o retirados. Más tarde se crearon sistemas corporativos de tenencia: las Sociedades Agrícolas de Interés Social (SAIS) y las Cooperativas Agrarias de Producción (CAPS), sin estar debidamente capacitadas para administrarlas, lo que causó un descenso en la producción agrícola. 

 

Por ley de 28 de marzo de 1969 se estableció que la extracción de los recursos pesqueros era de interés social y de necesidad pública. En 1970 se creó la empresa estatal Empresa Pública de Servicios Pesqueros (EPSEP). Se creó también el Ministerio de Pesquería. La pesca se orientó hacia el consumo humano. Con ello se mejoró la alimentación de la población, puesto que, por ejemplo, el pescado de mar que nunca había llegado fresco a los andes peruanos, llegaba ahora en carros refrigerados de la empresa pesquera estatal. 

 

En mayo de 1973 se estatizó la industria pesquera (harina y aceite de pescado), creándose la empresa estatal PescaPerú. Previamente, había sido asesinado de manera misteriosa el empresario Luis Banchero Rossi, el más importante de los industriales pesqueros del Perú. El nuevo sistema provocaría el colapso de la industria pesquera (harina y aceite de pescado), que hasta entonces había sido la primera del mundo, a tal punto que bajo el gobierno de Morales Bermúdez se tuvo que volver a privatizarla. 

 

Para distribuir los alimentos producidos por las cooperativas agrarias creadas por la revolución, se creó el Ministerio de Alimentación, que entró en funciones en enero de 1975. Se orientó a gestionar convenios para importar alimentos para el país. 

 

La reforma del sector industrial se hizo por medio de la Ley General de Industrias, que creó la Comunidad Industrial. Esta involucraba a todos los trabajadores de una empresa, los cuales en teoría debían participar en las utilidades, en la gestión y la administración de la misma. 

 

Impuso un control directo del Estado sobre las telecomunicaciones. Se creó la Empresa Nacional de Telecomunicaciones (EntelPerú), encargada de establecer y regular los servicios de telecomunicaciones. La Compañía Peruana de Teléfonos fue expropiada y el Estado asumió una participación mayoritaria en la Radio y la Televisión, inicialmente en un 51% del accionariado; posteriormente abarcó el 100%. 

 

Creó las Empresas de Propiedad Social (EPS), nuevo modelo empresarial, inspirado en el modelo de autogestión del yugoslavo Josip Broz Tito. De acuerdo a ley, estas empresas pertenecían al conjunto de trabajadores, aunque sin corresponderles derechos de propiedad individual o de grupo: solo propiedad social. Los trabajadores tenían derecho a intervenir en la gestión y beneficios de la empresa. Su puntal financiero era el Fondo Nacional de Propiedad Social (FONAPS). 

 

Tras la decisión de los Estados Unidos de suspender la venta de armas al Perú, Velasco decidió equipar a las Fuerzas Armadas con moderno armamento comprado a la Unión Soviética, a tal punto que el Perú se convirtió en una de las mejores naciones armadas de América Latina. El Servicio de Inteligencia Nacional (SIN) mantuvo relaciones de cooperación, colaboración e intercambio de información con la KGB rusa. 

 

Con el fin de movilizar organizadamente a la población y controlar las movilizaciones sociales, creó en 1972 el Sistema Nacional de Apoyo a la Movilización Social (SINAMOS), que pronto actuó como una entidad política al servicio del gobierno revolucionario. Pasaron a formar parte del SINAMOS algunos intelectuales progresistas y cuadros de izquierda, como fue el caso del exguerrillero del ELN, Héctor Béjar, quien fue nombrado director del área juvenil del SINAMOS. Otros directivos del SINAMOS fueron Carlos Delgado (exaprista), Carlos Franco, Hugo Neira, Jaime Llosa, etc. 

 

En el ámbito internacional, el gobierno de las Fuerzas Armadas promovió una política de no alineación, bajo el lema «ni con el capitalismo ni con el comunismo». En los hechos, la ruptura con los Estados Unidos implicó alianzas con casi todos los países del llamado bloque socialista. 

 

Estableció relaciones diplomáticas con la Unión Soviética, la República Popular China, con Hungría, Bulgaria, Alemania del Este, Yugoslavia, Polonia y Corea del Norte. El primer embajador en la URSS fue Javier Pérez de Cuéllar, que después llegó a ser secretario general de las Naciones Unidas entre enero de 1982 y diciembre de 1991. 

 

En el ámbito sudamericano, continuó apoyando la política de integración de los países andinos iniciada por Belaunde. En mayo de 1969, el Perú suscribió con Bolivia, Colombia, Chile y Ecuador el Acuerdo de Cartagena, origen del llamado Pacto Andino, actual Comunidad Andina. En 1973 se unió a ella Venezuela, mientras que Chile se retiró en 1976. 

 

El 24 de marzo de 1972, se promulgó una Ley General de Educación, cuya finalidad era triple: «a) extender las oportunidades educacionales a todos los peruanos; b) propender a la creación del “hombre nuevo” (crítico, participativo y solidario); y c) establecer un nuevo sistema educativo: educación inicial, educación básica y educación superior». La ley estableció también varias modalidades educativas. 

 

La reforma educativa de 1972 previó una educación bilingüe para los peruanos, sobre todo usuarios de lenguas nativas, que componían casi la mitad de la población. En 1973 se dio el Reglamento de Educación Bilingüe y, el 27 de mayo de 1975, por Decreto Ley N.º 21156, se reconoció al quechua, a la par con el español, como lengua oficial de la República. Ya bajo el gobierno de Morales Bermúdez, se aprobó el alfabeto básico general del quechua por Resolución Ministerial N.º 4023 de 16 de octubre de 1975. En 1976, se editaron seis gramáticas y sus respectivos diccionarios para los diversos dialectos del quechua. 

 

En 1974, se dio la Ley de Comunidades Nativas y Promoción Agraria de las Regiones de la Selva Alta y Selva Baja, que otorgó a dichas comunidades la jurisdicción colectiva sobre el territorio y sus recursos. 

 

Igualó los derechos de los llamados hijos naturales (nacidos fuera del matrimonio), desterrando para siempre del ordenamiento jurídico la diferenciación entre hijos “legítimos” e “ilegítimos”, lo que sería después plasmado en la Constitución de 1979. 

 

Realizó un conjunto de obras en beneficio de su tierra natal: la restitución al departamento de Piura de terrenos que se hallaban incluidos sin aparente razón en el de Lambayeque; el proyecto Chira-Piura; la construcción de una planta de fertilizantes en Talara; el complejo pesquero de Paita; la modernización de la refinería de petróleo de Talara; la creación del comité ejecutivo del complejo Bayóvar; y la construcción de una planta de solventes para producir alcohol isopropílico y acetona en Talara. 

 

Colapso gubernamental

Visita oficial a Perú en 1970 del presidente chileno Salvador Allende

 Las grandes reformas emprendidas fueron relativamente ineficaces, a pesar de cierta mejora del nivel de vida de las clases trabajadoras y del desarrollo industrial. 

 Las políticas seguidas con respecto a las industrias pesqueras y agrícolas tuvieron un fuerte impacto negativo. La anchoveta, clave en el ecosistema marino del país, atravesó por una sobrepesca realizada por PescaPerú. A pesar de que la producción alcanzó niveles récord en los primeros años, la sobreexplotación de esa especie marina y los efectos del fenómeno de El Niño de 1973 provocaron un fuerte descenso de la misma. 

 

Otra razón para el colapso de la industria pesquera fue que, a diferencia del sistema privado en que la empresa pagaba a los trabajadores solo si obtenían buena pesca, en el sistema estatal se les pagaba pescaran o no. Ello ocasionó muchas pérdidas. Tan crítica llegó a ser la situación, al punto que bajo el gobierno de Morales Bermúdez se tuvo que volver a privatizar la industria pesquera. Pero tal había sido el impacto, que el país solo pudo recuperar un nivel de actividad adecuado más de diez años después. 

 

La reforma agraria, de carácter ambicioso, fue mal ejecutada. Los antiguos propietarios se opusieron a la confiscación dado que los bienes expropiados se pagaron con bonos no negociables que corrían el riesgo de perder todo su valor con la inflación. Con la reforma surgieron miles de explotaciones o minifundios sin capital, lo que perturbó la producción agrícola. Además, los canales de distribución eran objeto de sabotaje, especulación y contrabando, lo que provocaba periódicamente escasez y racionamiento. A lo largo de todo el gobierno militar, la producción agrícola se estancó o decreció. De exportador de papas, el Perú pasó a ser importador. Pero el más sensible colapso fue el de la industria azucarera, hasta entonces uno de los pilares de la economía peruana. 

 

En cuanto a la política económica y monetaria, su mal manejo desató la crisis inflacionaria. Sin haberse aumentado la producción, se aumentaron los gastos del Estado: incremento de los ministerios y de la burocracia estatal; multiplicación de empresas públicas que trabajaban a pérdida, la misma que era resarcida por la caja fiscal; y subsidios a la gasolina y a los productos de primera necesidad. Todo lo cual aumentó el déficit presupuestal, por lo que se recurrió a la emisión inorgánica de billetes. Esto a la vez desató la inflación y la devaluación de la moneda. Para evitar la fuga de divisas, se impuso el control de cambios, abandonándose así el libre cambio que regía desde 1950. Pero no se logró evitar esa fuga; para 1975, el déficit fiscal era de 1500 millones de dólares, mientras que las reservas del Banco Central eran de apenas 800 millones. Estas, tras la caída de Velasco, desaparecerán o se convertirán en reservas negativas. El costo de vida se disparó. 

 

Factores externos influyeron también en la crisis. La crisis de 1973, con la violenta alza del petróleo paralela a la guerra de Yom Kipur, afectó mucho a la economía peruana, que era un importador neto de petróleo. El endeudamiento se convirtió en la única manera en que el Perú pudo paliar a corto plazo la crisis, comprometiendo así su futuro. 

 

En 1973, cuando la crisis económica ya era evidente, Velasco sufrió un grave colapso de salud. El 22 de febrero de ese año fue hospitalizado de urgencia. Se creyó al principio que había sufrido un infarto o un derrame cerebral, pero luego se anunció que había sufrido una hemorragia interna.

domingo, 7 de junio de 2026

La Ruta de Papa León XIV En Chiclayo

A diferencia de otras grandes ciudades virreinales del Perú, Chiclayo no cuenta con una fundación española formal ni con un acta de nacimiento fechada por un conquistador. Su historia es la de un crecimiento orgánico y estratégico, consolidado por su ubicación geográfica y el empuje de su gente.

1. Época Prehispánica: El Legado Mochica y Lambayeque

Antes de ser una urbe, el territorio chiclayano estuvo bajo la influencia de dos de las civilizaciones hidráulicas y artísticas más importantes del norte peruano:

Cultura Mochica (siglos I al VII d.C.): Dominó el valle del río Reque, dejando testimonios monumentales de su desarrollo en complejos cercanos como Pampa Grande y el mundialmente famoso santuario de Sipán (donde se descubrió la tumba del Señor de Sipán).

Cultura Lambayeque o Sicán (siglos VIII al XIV d.C.): Tras el declive moche, esta cultura perfeccionó la metalurgia y la orfebrería, dejando su huella en centros arqueológicos ceremoniales como Túcume (el Valle de las Pirámides) y Chotuna-Chornancap.

Posteriormente, la región fue anexada por el Imperio Chimú y, finalmente, por los Incas, quienes integraron la zona al Chinchaysuyo a través del sistema de caminos del Qhapaq Ñan.

 

2. El Período Virreinal: El Nacimiento como Reducción Indígena

Durante la colonia, el panorama cambió drásticamente. El origen de la actual ciudad de Chiclayo se remonta a la segunda mitad del siglo XVI:

La Reducción de Indígenas: Hacia 1560, bajo las reformas del virrey Toledo, se crearon las reducciones de San Pedro de Chiclayo y Santa María de la Magdalena de Lambayeque para agrupar a la población nativa dispersa.

La Orden Franciscana: En 1585, los sacerdotes franciscanos se establecieron en la zona y levantaron la Iglesia y Convento de Santa María de la Magdalena. Este convento se convirtió en el núcleo urbano y comercial alrededor del cual comenzó a expandirse el primigenio pueblo de Chiclayo.

A diferencia de la vecina ciudad de Zaña (que floreció como opulenta ciudad española hasta su destrucción por el río en 1720) o de Lambayeque (cuna de la aristocracia norteña), Chiclayo se mantuvo durante la colonia como un pueblo de paso, habitado mayoritariamente por indígenas y mestizos dedicados al comercio y la agricultura.

 3. La Independencia y el Reconocimiento Republicano

El siglo XIX marcó el despegue definitivo de Chiclayo, impulsado por su rol estratégico en las comunicaciones del norte del país y el patriotismo de sus ciudadanos:

Apoyo a la causa libertaria: A fines de 1820, el pueblo de Chiclayo se sumó con entusiasmo a los movimientos independentistas liderados en el norte por Juan Manuel Iturregui y Martínez de Compagñón.

Villa Heroica (1827): El presidente José de la Mar le otorgó el título de "Villa Heroica de Chiclayo" en reconocimiento a los servicios prestados por sus pobladores en las batallas de Junín y Ayacucho, consolidando la independencia de la república.

Creación de la Provincia y Capitalía (1835): El 18 de abril de 1835, durante el gobierno del presidente Felipe Santiago Salaverry, Chiclayo fue elevada a la categoría de Ciudad. Pocos días después, el de 25 abril, se creó la Provincia de Chiclayo, convirtiéndose la joven ciudad en su capital.

 

4. Modernización, Auge Azucarero y el Siglo XX

A finales del siglo XIX y durante el siglo XX, la fisonomía de la ciudad se transformó por completo:

El "Boom" Agroindustrial: El desarrollo de las grandes haciendas azucareras de la región (como Pomalca, Tumán, Pátapo y Cayaltí) inyectó un enorme dinamismo económico a Chiclayo, que se convirtió en el principal centro financiero, logístico y de servicios de la cuenca norte.

El Ferrocarril y la Conectividad: La construcción de vías ferroviarias que conectaban los valles interiores con el puerto de Pimentel y caleta de Eten consolidó a Chiclayo como un nudo comercial obligatorio entre la costa, la sierra (Cajamarca) y la selva norte (San Martín).

Capital Departamental (1874): Se crea el departamento de Lambayeque, consolidando a Chiclayo como el eje político y administrativo de la región.5. Chiclayo Hoy: La "Capital de la Amistad"

En las últimas décadas, Chiclayo se ha consolidado como la cuarta ciudad más poblada del Perú. Su identidad está marcada por la calidez y hospitalidad de sus habitantes, lo que le valió el apelativo de "Capital de la Amistad".

Hoy en día es un vibrante polo comercial, educativo y turístico, célebre por su gastronomía (el arroz con pato, el cabrito combinado, el chinguirito), su arraigado misticismo (el Mercado de Brujos) y por ser la puerta de entrada a los descubrimientos arqueológicos más deslumbrantes de la costa norte peruana.

 Para comprender a fondo la historia de Chiclayo, es necesario analizarla no como un evento fundacional aislado, sino como un proceso dinámico de articulación territorial. A diferencia de las fundaciones españolas tradicionales basadas en un damero rígido y una élite de encomenderos, Chiclayo nació desde abajo, consolidándose a través del comercio, el mestizaje y su privilegiada posición geográfica como bisagra entre la costa, los Andes y la amazonía norte.

 1. El Sustrato Prehispánico: Ecología y Control Hidráulico

El espacio geográfico que hoy ocupa Chiclayo pertenece al sistema de valles fluviales del departamento de Lambayeque, una de las zonas áridas más productivas del continente gracias a la ingeniería hidráulica ancestral.

 

Los Canales Mochicas: El florecimiento de Sipán (siglos III y IV d.C.) no habría sido posible sin la construcción del canal Taymi y otras ramificaciones del río Reque y Lambayeque. Estas obras de ingeniería permitieron desviar el agua de los Andes para irrigar miles de hectáreas de desierto, cultivando maíz, algodón nativo y pallares. Chiclayo se asienta sobre estas antiguas llanuras aluviales que combinaban una altísima productividad agrícola con caminos de intercambio.

 

El Eje Político de Túcume y Chotuna: Durante el periodo Lambayeque o Sicán (750-1375 d.C.), el poder se desplazó hacia el norte del actual Chiclayo. El sitio de Chotuna-Chornancap guarda el mito fundacional de Naylamp, el dios civilizador que llegó del mar. Las monumentales pirámides de adobe de Túcume representaron el apogeo de una burocracia teocrática que controlaba el comercio de la concha Spondylus (traída de los mares cálidos del Ecuador) y la metalurgia del cobre arsenical. Cuando los Incas conquistaron la región en el siglo XV, respetaron estas redes comerciales y camineras, integrándolas al Qhapaq Ñan.

 

2. El Génesis Virreinal: De Enclave Étnico a Reducción Franciscana

La llegada de los conquistadores españoles alteró el patrón de asentamiento. Las poblaciones indígenas, que vivían dispersas cerca de sus campos de cultivo, fueron agrupadas a la fuerza bajo la política de las Reducciones de Indios, impulsada firmemente por el virrey Francisco de Toledo en la década de 1570.

 El Nombre y los Cacicazgos: La teoría histórica más aceptada señala que el nombre "Chiclayo" proviene de las lenguas mochica o yungas (Chiclayap o Checloyep). Se vincula al nombre de un cacique local o a la presencia de un brote verde de leguminosas conocido popularmente como "Chiclayo" o "fréjol de Castilla".

 La Donación de Tierras y la Orden Franciscana: En 1585, los caciques locales de los repartimientos de Cinto y Collique (antiguas parcialidades prehispánicas) formalizaron la cesión de terrenos a la Orden de los Frailes Menores (Franciscanos). Allí se erigió el Convento de Santa María de la Magdalena de Chiclayo.

 Una Configuración Urbana Atípica: Mientras que las ciudades españolas como Piura o Trujillo nacían con una plaza de armas rodeada por las casas de los conquistadores, Chiclayo creció alrededor de la huerta y los muros de este convento franciscano. La población original era netamente indígena y mestiza. Durante los siglos XVII y XVIII, mientras las vecinas ciudades de Zaña (rica, opulenta y azucarera) y Lambayeque (sede de las familias aristocráticas y terratenientes) concentraban el poder político, Chiclayo operaba silenciosamente como un "pueblo de paso" y un dinámico mercado de abastos intermedio.

 3. El Quiebre Histórico: La Destrucción de Zaña y el Viraje Económico

Un evento de la naturaleza cambió el equilibrio de poder en la región. En el verano de 1720, un devastador fenómeno de El Niño provocó el desborde del río Zaña, destruyendo por completo la ciudad homónima, que hasta entonces era el eje económico del norte.

 El Éxodo de Capitales y Comercio: La destrucción de Zaña forzó la migración de comerciantes, arrieros y artesanos. Si bien las familias nobles se instalaron en la vecina ciudad de Lambayeque, las clases populares, comerciantes de mediana escala y arrieros encontraron en el pueblo de Chiclayo un lugar ideal para asentarse.

 El Mercado Abierto: Chiclayo empezó a destacar por su feria urbana. Los arrieros que bajaban de las provincias cajamarquinas de Chota, Cutervo y Santa Cruz con ganado, cueros y textiles, encontraban en Chiclayo el punto de transbordo perfecto para comercializar sus productos con los viajeros que iban hacia Lima o Piura.

 

4. La República y la Consolidación de la "Ciudad Benemérita"

El siglo XIX transformó el estatus jurídico de Chiclayo debido a la activa participación de su población en los procesos políticos de la naciente República del Perú.

 La Insurgencia Patriótica: En diciembre de 1820, los chiclayanos apoyaron abiertamente los pronunciamientos libertarios del norte. Rompiendo los lazos coloniales antes de la llegada de San Martín a Lima, los ciudadanos aportaron víveres, caballos y hombres para los ejércitos patriotas.

 El Título de Villa Heroica (1827): El presidente José de la Mar otorgó este reconocimiento formal para premiar el civismo chiclayano durante las batallas finales de Junín y Ayacucho.

El Decreto de Salaverry (1835): El ascenso de Chiclayo a la categoría de Ciudad y Capital de Provincia el 18 y 25 de abril de 1835 fue un acto de audacia política. El joven caudillo Felipe Santiago Salaverry, en medio de las guerras civiles de la época, buscó debilitar el poder oligárquico de la ciudad de Lambayeque apoyándose en la pujante burguesía comercial y mestiza de Chiclayo. Con este decreto, Chiclayo absorbió las instituciones administrativas y judiciales, consolidando su hegemonía regional.

5. El Impacto de la Guerra del Pacífico y la Reconstrucción

Durante la Guerra con Chile (1879-1883), la región sufrió el rigor de la ocupación enemiga, particularmente a través de la Expedición Lynch en 1880, la cual exigió cupos de guerra exorbitantes a las haciendas de la zona bajo amenaza de destrucción.

La Resistencia en Lambayeque: A pesar de los saqueos sufridos en las estaciones ferroviarias y los campos de cultivo, el entramado comercial de Chiclayo demostró una notable resiliencia. Tras el retiro de las tropas de ocupación, la ciudad lideró el proceso de reconstrucción en el norte peruano gracias a la rápida reactivación de los puertos de Eten y Pimentel.

6. La Modernización Agroindustrial y el Circuito Comercial del Siglo XX

El despegue definitivo de la ciudad en el siglo XX está íntimamente ligado a la transformación tecnológica del campo y el transporte.

 

Los Barones del Azúcar: El Valle de Lambayeque vio consolidarse gigantescas corporaciones agroindustriales como Pomalca (de la familia de la Piedra), Tumán (de la familia Pardo) y Cayaltí (de la familia Aspíllaga). Estas haciendas importaron maquinaria a vapor y construyeron complejos sistemas de molienda. Chiclayo se convirtió en el cerebro financiero de este imperio azucarero; allí se negociaban los créditos, se compraban los insumos y se gestionaba la mano de obra.

La Revolución del Transporte: El tendido de las redes ferroviarias privadas y públicas conectó las haciendas y los valles del interior con el litoral. El Ferrocarril de Eten y el Ferrocarril de Pimentel canalizaban la salida del azúcar hacia los mercados internacionales y permitían el ingreso de manufacturas. En la década de 1930, la inauguración de la Carretera Panamericana terminó por consolidar a Chiclayo como el nudo de transportes más importante del norte, eclipsando definitivamente a las viejas ciudades vecinas.

 

7. Urbanismo, Migración y Cohesión Social Contemporánea

Hacia mediados del siglo XX, un fenómeno sociológico transformó la demografía chiclayana: la masiva migración andina.

 La Despensa de Tres Regiones: Chiclayo comenzó a recibir miles de familias provenientes de Cajamarca, Amazonas y San Martín. Estos migrantes no solo trajeron su fuerza laboral, sino que expandieron los mercados de la ciudad, destacando el Mercado Modelo de Chiclayo y su famoso "Mercado de Brujos", un espacio vivo donde se fusiona la medicina tradicional herbolaria de la sierra y la selva con el misticismo costeño.

 La Identidad de la "Capital de la Amistad": Al no poseer un pasado colonial rígido o aristocrático, Chiclayo se configuró como una sociedad abierta, democrática y eminentemente comercial. El espíritu de acogida hacia el forastero y la facilidad de integración social y económica de los recién llegados dieron origen al apelativo de "Capital de la Amistad", acuñado a mediados del siglo XX.

 

Hoy, Chiclayo se proyecta hacia el futuro como una metrópoli comercial e industrial en constante ebullición, cuyo mayor patrimonio sigue siendo su capacidad para articular culturas, economías y voluntades a lo largo del tiempo.

 }Esta línea de tiempo detallada organiza la evolución de Chiclayo desde sus antecedentes prehispánicos como un valle estratégico de control hidráulico hasta su consolidación como eje comercial, político y cultural del norte peruano.

 I. Época Prehispánica: El Sustrato Hidráulico y Ceremonial

En este periodo, el actual territorio de Chiclayo no existía como urbe, pero sus tierras agrícolas y canales artificiales sustentaron a los señoríos más avanzados de la costa norte.

Siglos I – VII d.C. | Apogeo de la Cultura Mochica: Desarrollo de complejos sistemas de irrigación (como el primigenio canal Taymi) en el valle de Lambayeque y Reque. Florecimiento del santuario real de Sipán (Huaca Rajada), centro político y religioso moche cercano a la actual ciudad.

750 – 1375 d.C. | Dominio de la Cultura Lambayeque o Sicán: Auge teocrático y metalúrgico. Se construyen los grandes complejos de pirámides de adobe en Túcume y el centro fundacional de Chotuna-Chornancap (vinculado a la leyenda de Naylamp). El territorio de Chiclayo opera como una llanura aluvial de alta productividad.

1375 – 1470 d.C. | Conquista Chimú: Los chimúes anexan la región de Lambayeque a su imperio y reorganizan los canales y las rutas comerciales del norte.

1470 – 1532 d.C. | Incorporación al Tahuantinsuyo: El inca Túpac Yupanqui conquista la zona. Los valles lambayecanos quedan conectados al Qhapaq Ñan (Camino Inca) dentro de la región del Chinchaysuyo.

II. Periodo Virreinal: El Origen como Reducción Indígena

A diferencia de Piura o Trujillo, Chiclayo nace de forma orgánica en el siglo XVI bajo la política colonial de agrupar a las poblaciones nativas dispersas.

 

1560 – 1570 (aprox.) | Creación de la Reducción de Indios: Bajo las reformas del virrey Francisco de Toledo, se unifican los antiguos cacicazgos locales de Cinto y Collique para formar el pueblo de reducción San Pedro de Chiclayo.

1585 (13 de marzo) | Cesión de Tierras a los Franciscanos: Los caciques indígenas locales formalizan ante la Corona española la donación de terrenos a la Orden de los Frailes Menores (Franciscanos) para la edificación de un templo.

 

1585 – 1600 | Construcción del Convento de Santa María de la Magdalena: Se levanta la iglesia y el convento franciscano, que se convierte en el núcleo del trazado urbano primitivo. Chiclayo crece de manera atípica, articulándose alrededor de las paredes de esta manzana religiosa y no de una plaza de armas española tradicional.

 1720 (Febrero – Marzo) | Destrucción de Zaña y Éxodo Comercial: Un devastador fenómeno de El Niño provoca el desborde del río Zaña y destruye la opulenta e importante ciudad colonial homónima. Comerciantes, arrieros y artesanos migran masivamente hacia Chiclayo, dinamizando su feria urbana y convirtiéndola en un punto de transbordo clave hacia Cajamarca.

 III. Siglo XIX: Independencia, Títulos Republicanos y Capitalía

El siglo XIX marca el salto jurídico y político de Chiclayo, impulsado por su burguesía comercial mestiza frente a la aristocracia de la vecina ciudad de Lambayeque.

 820 (31 de diciembre) | Pronunciamiento por la Independencia: El pueblo de Chiclayo, liderado por patriotas locales en coordinación con Juan Manuel Iturregui, rompe el vínculo colonial y proclama su adhesión a la causa libertadora americana.

 

1827 (15 de abril) | Título de "Villa Heroica": El presidente de la naciente República, José de la Mar, otorga a Chiclayo el título formal de "Villa Heroica de Chiclayo" en reconocimiento al apoyo logístico, económico y humano brindado a los ejércitos libertadores en Junín y Ayacucho.

 

1835 (18 de abril) | Elevación a la Categoría de Ciudad: En medio de las disputas políticas republicanas, el jefe supremo Felipe Santiago Salaverry emite el decreto que otorga a Chiclayo el rango oficial de Ciudad.

 

1835 (25 de abril) | Creación de la Provincia de Chiclayo: Salaverry promulga el decreto de creación de la Provincia de Chiclayo, designando a la flamante ciudad como su capital y restando poder político a la ciudad de Lambayeque.

 

1869 | Inicio de la Construcción de la Catedral: Se coloca la primera piedra de la Catedral de Chiclayo (ubicada en la actual Plaza de Armas), diseñada en estilo neoclásico por el arquitecto Gustavo Opción, aunque su edificación tardaría décadas en completarse.

1874 (1 de diciembre) | Capital de Departamento: Se promulga la ley de creación del Departamento de Lambayeque bajo el gobierno de Manuel Pardo y Lavalle, consolidando definitivamente a Chiclayo como la capital de toda la región.

1880 (Septiembre) | Impacto de la Guerra del Pacífico: La Expedición chilena liderada por Patricio Lynch impone cupos de guerra y destruye infraestructura portuaria y ferroviaria en las zonas de enlace (Eten y Pimentel). Tras la ocupación, Chiclayo lidera la reconstrucción comercial gracias a la resiliencia de su mercado de abastos.

 

 

IV. Siglo XX: El Auge Agroindustrial y la Metropolización

Este periodo consolida a la ciudad como el centro financiero del azúcar en el norte peruano y el nudo de transporte más importante de la costa nororiental.

1900 – 1930 | El "Boom" de los Barones del Azúcar: Tecnificación radical de los ingenios azucareros en las haciendas periféricas como Pomalca, Tumán y Cayaltí. Chiclayo se establece como el cuartel financiero y comercial de estas grandes corporaciones agroindustriales.

1916 | Apertura del Muelle de Pimentel: Se inaugura el actual muelle de Pimentel, operado por la Compañía Ferrocarril y Muelle de Pimentel, optimizando la exportación masiva de azúcar y la importación de manufacturas para la ciudad.

1930 (aprox.) | Llegada de la Carretera Panamericana: La apertura de la red vial nacional conecta de manera definitiva a Chiclayo con Lima y el resto del país, eclipsando el uso del transporte ferroviario y convirtiendo a la ciudad en la gran "bisagra" de transporte hacia Cajamarca, Amazonas y San Martín.

1960 – 1970 | Expansión Urbana y Migración Andina: Se intensifican los flujos migratorios procedentes de la sierra norte y la selva alta. El Mercado Modelo de Chiclayo y el colindante "Mercado de Brujos" se transforman en epicentros de intercambio comercial y de sincretismo cultural (medicina tradicional y misticismo).

1987 (Julio) | Impacto del Descubrimiento del Señor de Sipán: El arqueólogo Walter Alva descubre la tumba intacta del Señor de Sipán en Huaca Rajada. Este hito transforma la identidad cultural de Chiclayo, posicionando a la ciudad como el principal eje y puerta de entrada del turismo arqueológico del norte del Perú.

V. Siglo XXI: La Metrópoli Comercial Contemporánea2002 | Inauguración del Museo Tumbas Reales de Sipán: Aunque ubicado en la vecina Lambayeque, su apertura consolida el flujo turístico, hotelero y de servicios que dinamiza la economía metropolitana de Chiclayo.

 Actualidad | Consolidación de la "Capital de la Amistad": Chiclayo opera hoy como la cuarta urbe más poblada del Perú, caracterizada por una economía fuertemente volcada al comercio, el sector educativo superior y la gastronomía, manteniendo su configuración histórica de sociedad abierta y de confluencia regional.

domingo, 1 de marzo de 2026

Como surge el conflicto Bélico en el Medio Oriente

 finales del siglo XVIII, el auge de las tendencias seculares producto del Iluminismo en Europa, provocaron un cambio sustancial en la vida cotidiana de los judíos. La forma de vivir de esta comunidad había girado hasta ese entonces en torno a los preceptos religiosos, pero con el cambio cultural y social provocado por las “nuevas ideas” y el culto al progreso, se abrieron nuevas y variadas posibilidades, desconocidas hasta ese entonces. Debido a ello, algunos judíos comenzaron a aplicar su talento en variadas disciplinas como la filosofía o la literatura y lograron, en algunos sectores selectos de la intelectualidad, una integración/asimilación casi perfecta con el mundo occidental.[1]

Durante los siglos XVII, XVIII y XIX, importantes sectores del judaísmo se transformaron en la avanzada de las ideas más progresistas y revolucionarias de la sociedad, asumiendo una posición política liberal antifeudal, y con el tiempo marxista y anticapitalista. Su rechazo creciente al tradicionalismo, establecido entre otros por su propia religión, los llevó a elaborar teorías destinadas cambiar en profundidad el orden establecido: “Rechazando una ortodoxia que encuentran, apolillada, rutinaria y fósil, promueven un judaísmo edulcorado y cada vez menos judío (…)” (Culla, 2005, p. 19)
El Iluminismo judío, denominado habitualmente Haskalá[2], fue el que dio un giro al pensamiento judío tradicional. Aunque sus raíces encuentran en la Ilustración europea, las condiciones y problemas específicos de la cuestión judía le imprimieron un carácter distintivo. En su etapa inicial fue un movimiento de la clase media; sus metas culturales, así como sus réditos inmediatos, sólo podían ser compartidos por un número limitado de judíos educados. Las masas, en su mayoría, permanecieron alejadas y, más aún, se mostraron hostiles a la idea de asimilarse culturalmente ya que esto podría traer como consecuencia la apostasía. Para gran parte de la población, que era tradicional u ortodoxa, el iluminismo judío fue percibido como una amenaza a sus valores, como un desvío. Sus seguidores, llamados maskilim, atacaron el oscurantismo y la superstición de los rabinos y su abuso de poder, propugnando en contraposición valores seculares y la suplantación de la educación tradicional por escuelas modernas.
La Haskalá tuvo su origen en la ciudad de Berlín como un programa de un pequeño grupo de judíos guiado por Moisés Mendelssohn (1729-1786), con la idea de familiarizarlos e interiorizarlos con la cultura europea en general y con la alemana en particular, para que estos grupos lograran integrarse en las sociedades en las que residían de forma efectiva.[3]
El espíritu iluminista secular cautivó fundamentalmente a las clases medias/altas de la sociedad judía que, apoyando la progresiva aparición de los principios liberales y democráticos, allanaron el camino para la futura consecución de la igualdad civil de derechos de la comunidad judía en los diversos países, especialmente en Europa occidental. La consecución de esa tan anhelada igualdad de algún modo permitió la rápida erosión de los moldes tradicionales que estructuraban el comportamiento de la comunidad judía, dejando las cuestiones meramente religiosas para el ámbito privado.
Sin embargo, y pese al intento de incorporación, asimilación y trasformación política-jurídica por parte de los países europeos de la comunidad judía consecuencia de la Revolución francesa, el movimiento iluminista secular y emancipatorio fracasó; el incremento del antisemitismo durante el siglo XIX, con sus flamantes dimensiones racistas y políticas dejó entrever que el problema judío no era sólo una cuestión jurídica y política. Asimismo, es importante aclarar que la mayor parte del judaísmo europeo, radicado en la zona de Europa oriental, ni siquiera disfrutó durante esa época los efímeros beneficios de la “emancipación”.
Como explican Ben Ami y Medin, las causas del antisemitismo son sumamente complejas pero se podría considerar una de las principales, los elementos mitológicos y atávicos propios de la herencia cultural de Europa (Ben Ami, Medin, 1991, p. 23). De allí que, según los autores, el problema judío no haya tenido una solución duradera.
El sionismo es el movimiento nacionalista del pueblo judío, que plantea como objetivo el regreso de los judíos del mundo a la tierra de Israel, su patria originaria, para constituir una entidad política independiente, un Estado-nación. Toma su nombre de Sion, la colina de la parte nordeste de Jerusalén sobre la que antiguamente se construyó la ciudad y en los que se encontraba el templo de Salomón.
Según Yosef Gorny (1987) y las subsiguientes interpretaciones sobre éste de Norman G. Finkelstein (2003, p. 62), en las bases del sionismo “moderno”, se dio lo que denominan un “consenso ideológico”, que abarcaba las diferentes variantes del pensamiento sionista de ese entonces. Las tres tendencias que coexistían en ese consenso eran: un sionismo cultural o místico, un sionismopolítico-nacionalista y uno de corte laborista. Estas vertientes de pensamiento coincidían en un punto fundamental que les permitía plantear la posibilidad de consenso: la necesidad de alcanzar una mayoría numérica de judíos en territorios palestinos.
Los orígenes del pensamiento sionista se encuentran en el comúnmente denominado sionismo místico, hundido en las profundidades mismas del judaísmo y de la conciencia colectiva del pueblo judío. Desde esta perspectiva, el judaísmo es visto como la religión nacional del pueblo judío, que ha perdido su independencia hace miles de años, edificando en cambio una patria de tipo espiritual. Esta vertiente fue la respuesta directa a los ataques antisemitas en Europa, y a aquellos grupos que bregaban por las ideas asimilacionistas.
La concepción cultural o mística, “(…) quería resolver no el problema de los judíos sino el problema del judaísmo en el mundo moderno. En su opinión, la supervivencia del judaísmo y del pueblo judío estaba amenazada no tanto por el antisemitismo como por la civilización cada vez más laica que los hacía anacrónicos” (Ídem, p. 63).
En este sentido, su preocupación no era el posible rechazo al nuevo mundo sino la seducción que podía ejercer éste en la comunidad judía. Por eso se consideraba urgente la adaptación de la religión al mundo contemporáneo, pero sin perder su sello distintivo y milenario. Obtener un territorio donde agrupar al pueblo judío en diáspora, un centro espiritual que funcionara como una fuerza aglutinante era fundamental para su estrategia; de allí que fuera imprescindible la mayoría numérica de judíos dentro del nuevo Estado. Era la condición necesaria y suficiente para construir un Estado de judíos, que posibilitaría el “nacimiento espiritual de la nación judía”( ibidem).
Por su parte, el sionismo de tipo político y nacionalista, que aspiraba a la creación de un Estado-nación judío en el territorio de Palestina. El sionismo se fundamentará entonces en “la normalización de la vida de la comunidad judía y la afirmación de una personalidad judía, la reivindicación de la dignidad y de la identidad, el despertar cultural y la realización de los valores propios” (Martínez Carreras, 1992, p. 29). Como respuesta a la tradición de la Revolución Francesa, pensaba la cuestión judía en clave nacionalista. De acuerdo con las corrientes nacionalistas que adquirieron fuerza a mediados y fines del siglo XIX, existían lazos que vinculaban de manera natural a determinados individuos y excluía a otros; era por eso que cada comunidad orgánicamente organizada debía dotarse de un Estado independiente; un Estado común para un pueblo común; un pueblo común para un Estado común. Así, no pretendía luchar con el cada vez más virulento y conservador antisemitismo, sino que buscaba con esta fórmula política alcanzar una “sana” convivencia con el enemigo, creando así un Estado que les perteneciera en su totalidad. Era por eso que debían llegar a ser mayoría numérica, porque en caso contrario se repetirían las negativas experiencias del pasado.
Por último, la vertiente laborista consideraba el problema judío como consecuencia “no sólo de la carencia de un Estado, sino de la estructura de clase de la nación judía, que se había descompensado y deformado en el transcurso de su larga dispersión” (Finkelstein, 2003, p. 61), provocando un exceso de clase media y pequeños propietarios y una escasa cantidad de trabajadores. El objetivo de esta concepción era la creación de un Estado “sano” que se encargara de la reconstrucción de la clase obrera judía. “Dado que los intereses de esa clase exigían un Estado socialista, esa era la única solución verdadera para el problema judío” (Ibidem). La necesidad de una mayoría numérica se debía en este caso a las mismas razones que utilizaba el sionismo político: para poder decidir el futuro de la comunidad.
La adhesión de cada una de estas concepciones a la creación de un Estado judío para la nación judía “se expresó de forma concreta y sin ambigüedades en su insistencia en que ese futuro Estado concedería un status privilegiado a los judíos de la diáspora” (Ídem, p. 64). Sin embargo, tanto el sionismo político como el sionismo laborista con esa afirmación no descartaban la existencia de una minoría árabe que sería respetada en todos sus derechos tanto civiles como políticos, lo que por muchos fue denominado como un Estado binacional. Simplemente se pretendía establecer que la cara visible del Estado de Israel iba a ser la comunidad judía, como se daba incluso en muchos casos de Estados contemporáneos.
El sionismo siempre defendió el derecho histórico que tenían los judíos de volver a la tierra prometida, lo que se denominó “derecho de retorno”[4]. Este derecho prioritario a establecer un Estado judío en tierras palestinas se basaba, supuestamente, en la presencia primigenia del pueblo judío en esa tierra. Su justificación, además de política -como vimos con anterioridad en la explicación de nación o comunidad orgánica- era de carácter topográfico, ya que consideraba que la solución para el problema judío era “el asentamiento de los judíos en su patria histórica y el candidato obvio para tal patria era por supuesto Palestina (Tierra de Israel), con sus variadas resonancias para el pueblo judío” (Ídem, p. 68). El hecho de presentar esta tierra como patria histórica tenía dos consecuencias directas: la primera era que en el mundo había un pueblo sin un Estado –aunque había muchas comunidades en la misma situación-, residiendo por lo tanto en un Estado (o varios) ajeno a él; por esa razón se enfrentaba a los claros problemas de asimilación y de rechazo –el antisemitismo-. La segunda consecuencia era que esta patria de carácter histórico con derechos inalienables dejaba en segundo plano a los árabes residentes en esos territorios desde siglos antes. Según esta teoría, los árabes autóctonos palestinos, a diferencia de los judíos, no eran una comunidad separada con características propias –como sí lo eran los judíos residentes allí-, con un pasado en común y un futuro por delante, sino que, por el contrario, pertenecían a una nación superior –la nación árabe sin estado- en la que las tierras palestinas propiamente dichas no tenían ningún significado específico. Este argumento justificaba el derecho de congregar a todos los judíos del mundo en sus tierras, las tierras de Palestina, para poder conformar un Estado-nación de carácter predominantemente judío, en el cual sin duda estaba permitido el asentamiento de otras comunidades, las cuales tendrías los mismos derechos que los judíos, pero solamente constituirían una minoría.
A partir de 1881 la historia de los judíos dio un giro copernicano, y ello en buena medida se debió a un renacimiento del antisemitismo en países como Rusia, Alemania, Francia y Austria. Los pogromos[5] realizados en Rusia en ese año, luego del asesinato del zar reformista Alejandro II el 13 de marzo y la ascensión al trono de Alejandro III, marcaron el comienzo de un acoso que se prolongó por más de tres años. Las leyes de marzo de 1882 significaron la separación de los judíos de sus tierras y la limitación clara de sus derechos. Pero el antisemitismo fue de vasto alcance: la Okrana, policía política imperial, creó en 1903 el grupo terrorista llamado “Centuria Negra”[6] que se dedicó a organizar salvajes matanzas contra la población judía bajo el lema “Golpea al Judío y salva a Rusia”.
El flujo migratorio producto de las persecuciones muestra cifras espectaculares: entre 1881 y 1914 alrededor de 3 millones de judíos abandonaron Europa Oriental para buscar una mejor vida. Del total de los emigrados, las dos terceras partes tuvieron como destino Estados Unidos, mientras que el tercio restante buscó opciones variadas, como la Argentina, Australia y Canadá, entre otros.
Luego de los trágicos acontecimientos de 1881 –las persecuciones en el sur de Rusia conocidas como “las tormentas del sur”- comenzaron a surgir en el seno de la sociedad judía organizaciones nacionalistas de jóvenes que abogaban por la unificación de la comunidad judía en su propia patria, la tierra de Israel. Dentro de estos intentos de formular una ideología nacional sionista fue fundamental el ensayo de Iehuda Leib Pinsker (1821-1891) titulado “Autoemancipación”. En ese escrito, el autor –uno de los principales ideólogos de la “cuestión judía”- considera como base del problema el hecho de que la dispersión por el mundo se tradujo en la existencia de una minoría incomprendida situada en medio de distintos pueblos. La solución era entonces la autoliberación de los judíos en su propia patria dejando de peregrinar por todo el mundo. Es importante aclarar que Pinsker no pensó exclusivamente en la tierra de Palestina: debido a la terrible situación de los judíos en Europa oriental, era preciso encontrar una solución inmediata; de allí propuestas como la instalarse en Uganda.
En la fase de gestación del movimiento sionista tuvo también suma importancia la figura de Nathan Birnbaum (1864-1937), considerado por muchos como el primer expositor de las ideas culturales del sionismo a partir de sus escritos en un periódico judío de Viena, Selbstemanzipation (Autoemancipación), en el que expuso que el movimiento nacional judío debía llegar a ser una fuerza política y hacer reconocer los derechos del pueblo judío en Palestina.
Más allá de los aportes de los teóricos citados, Theodore Herzl (1860-1904) –periodista austriaco judío- es considerado como el auténtico organizador del movimiento sionista. Este prestigioso periodista, perfectamente asimilado a las costumbres y usanzas de su país natal, fue testigo presencial del famoso caso de Alfred Dreyfus, capitán del ejército francés de origen judío, acusado de espionaje y alta traición a Francia en favor de los intereses alemanes[7]. Esta falsa acusación conmocionó a una parte importante de la sociedad francesa y Herzl pudo observar las manifestaciones callejeras del pueblo convulsionado por los acontecimientos, mostrando un antisemitismo irracional. Ante estos hechos, Herzl comprendió la necesidad de resolver la cuestión judía, planteando esa solución en su famoso libro llamado “El Estado Judío” (Herzl,1895). Si bien es considerado padre del movimiento sionista, en sus comienzos Herzl no fijaba exclusivamente su vista en Palestina y en el monte Sión: “Que se nos otorgue la soberanía sobre una parte del planeta lo bastante grande para satisfacer las justas exigencias de una nación; lo demás lo haremos por nosotros mismos” (Idem, p. 71).
Incluso entre sus planes se encontraba la posibilidad de adquirir tierras en la Patagonia argentina, en el territorio de Uganda -que por ese entonces era parte del Imperio británico- o en Kenia. donde los británicos en 1903 le ofrecieron al movimiento sionista más de 10.000 Kms cuadrados. Su sionismo fue manifiestamente político, ya que las formas que planteaba para la consecución de sus objetivos eran políticas y diplomáticas. Consideraba el problema judío como un problema a escala internacional, y por lo tanto sostenía que la solución a esta crisis sólo podía alcanzarse por medio de acuerdos diplomáticos con los grandes dirigentes políticos mundiales, como el emperador alemán y el sultán turco, con el objetivo último de lograr una posible legitimación de la inmigración judía en las tierras palestinas manifestándose contrario a las posiciones que hablaban de infiltración y colonización sin ningún tipo de garantías:
Herzl optaba por esta estrategia, firmemente apoyada por una gran parte del movimiento sionista, porque estaba convencido de que los indígenas árabes residentes en tierras palestinas desde hacía muchas generaciones no iban a estar de acuerdo con la inmigración en masa de judíos, por lo que era imprescindible una legitimación internacional para lograr los objetivos deseados. El aporte principal de Herzl a la causa judía fue la idea de la fundación de un Estado para el pueblo judío; su trabajo fue la expresión en términos políticos –la formación de una entidad estatal moderna- del deseo místico de la comunidad judía en diáspora. Su ímpetu y fuerza de voluntad animaron a un movimiento nacionalista cada vez más estructurado y abocado a la conformación de un Estado judío en las tierras de Palestina.
Entre el 29 y el 31 de agosto de 1897 logró convocarse el primer Congreso Sionista Mundial en Basilea (Suiza), cuyo principal objetivo era la unificación de de todas las organizaciones sionistas del mundo[8]. A este primer Congreso asistieron 200 delegados de países de todo el mundo y de él surgió lo que para muchos fue el texto fundador del movimiento sionista, en el que se establecía como patria para el pueblo judío la tierra de Israel (De Langhe, 2003, p. 62).
En el primer Congreso se creó la Organización Sionista Mundial, encargada de agrupar a todas las instituciones que en cualquier lado del mundo –sea la misma Palestina o cualquier otro sitio- apoyaran la creación del Estado judío. La organización se encargó de convocar a los sucesivos congresos mundiales: tanto el II (1898) como el III (1899) tuvieron lugar en Viena. Lo destacable del II Congreso fue, a pesar de la insistente negativa de Herzl, la decisión explícita de estimular la colonización en territorio palestino aunque no fueran establecidos acuerdos diplomáticos ni garantías políticas. El IV Congreso (1900) fue convocado en Londres y el V (1901) nuevamente en Viena. En este último se organizó la Banca Nacional Judía y “se adoptó el principio de rescate sistemático de la tierra en Palestina con la creación del Keren Kayemeth LeIsrael”, o Fondo Agrario Nacional.
En 1903, se celebró el VI Congreso Sionista donde nuevamente se planteó como una posibilidad el establecimiento del Estado Judío en el territorio de Uganda. Este supuesto cambio de planes de debió fundamentalmente a la necesidad de salvar a los judíos rusos que estaban siendo exterminado por los pogroms que tuvieron lugar en Kisinev (1903), una de las peores matanzas perpetradas por las “Centurias Negras”, donde murieron 45 judíos, muchos quedaron heridos y cientos de ellos fueron expropiados. Sin embargo, este plan fue rechazado por la mayoría del movimiento considerando como única opción para el asentamiento judío la tierra de Palestina: no hay sionismo sin Sion.
En 1904 muere Herzl, y si bien hubo una crisis interna entre posible sucesores del carismático padre del movimiento –los candidatos eran Willard I. Zangwill, considerado pro-occidental y Chaim Weizmann, representante del judaísmo ruso- para el VII Congreso convocado nuevamente en Basilea (1905), esta crisis fue superada estableciéndose por un lado que el líder del movimiento era Weizmann, y además que el principio fundamental del movimiento era la formación de un Estado Judío en tierras palestinas.[9]
Paralelamente a la colonización sionista comenzaron a fundarse colonias obreras. En 1908 aparecen las primeras aldeas cooperativas llamadas mochavin, pero luego de dos años de preparación en 1910 se funda en Um Junieh Degania el primer kibutz. Según Weinstock, la búsqueda de vías alternativas y originales de colonización obrera se debió a las experiencias desdichadas pasadas en las que las granjas sionistas habían sido dirigidas por un jefe, situación que provocó reiteradas huelgas.
Al llegar a la Primera Guerra Mundial, el sionismo era la clara expresión del nacionalismo judío, y a pesar de algunas diferencias internas estaba fuertemente estructurado y organizado.
Judaísmo versus sionismo
Con el surgimiento del sionismo a finales del siglo XIX, la comunidad judía sufrió un gran cisma. Este se presentó a sí mismo como un movimiento de liberación del pueblo judío frente al antisemitismo creciente en el mundo; sin embargo, esta visión totalizadora no fue compartida por el conjunto de la comunidad judía. Por el contrario, recibió la condena y el rechazo de sectores influyentes dentro de ella. La oposición judía al sionismo fue –y aún hoy sigue siendo- muy amplia, e incluyó en ese entonces: movimientos modernistas e ilustrados asimilacionistas, como la Alianza Israelita Universal[10], tendencias socialistas y comunistas, y los grupos religiosos ortodoxos.
Los grupos progresistas, estaban fundamentalmente en contra del carácter utópico del movimiento. Para ellos ya era demasiado tarde para intentar agrupar a millones de judíos del mundo, que tenían una vida organizada y hasta puestos de poder, en una porción de tierra. “La humanidad estaba avanzando hacia la asimilación, el cosmopolitismo y la cultura mundial” (Laquer, 2003, p.385). El avance económico y social tendía cada vez más a borrar las diferencias nacionales; ir en contra de la historia era calificado como utópico y reaccionario.
En segundo lugar, las tendencias socialistas y comunistas, que desde una perspectiva cuasi filosófica coincidían con la vertiente progresista en la crítica que le hacía al sionismo, pero diferían en el proyecto de base. “No solo la aculturación comunista, sino también la asimilación en las filas de la izquierda supuso una contrafuerza poderosa frente al sionismo, que propagaba los principios del internacionalismo y del universalismo” (Karady, 1999, p. 193). Cuando el proyecto sionista comenzó a desplegarse, estos grupos lo acusarán de “imperialista” y “colonizador”, similar e incluso peor que cualquier empresa realizada por las naciones europeas, y cuyo único objetivo era obtener el aval de las grandes potencias para lograr sus objetivos.
A la vertiente laica-progresista y de izquierda se le sumaron los grupos religiosos más ortodoxos, que consideraron que el discurso sionista hacía una lectura tribal de la Biblia para justificar bajo pretextos religiosos una estrategia imperialista y colonizadora. La interpretación que realizaban los sionistas de los Textos Sagrados generó un repudio de amplios sectores religiosos, ya que en su visión representaba una negación de la tradición judía, concibiendo a este movimiento como una amenaza “implacable y frontal” al judaísmo. Fue así que, paralelamente al fortalecimiento del sionismo se gestó un movimiento dispuesto a contrarrestar la propuesta de Herzl: “(…) la pretensión de T. Herzl, de representar al pueblo judío como una totalidad irrita tanto a las autoridades rabínicas como a los notables de las comunidades” (Rabkin, 2008, p. 27). En 1897, se convocó una conferencia en Montreal a propuesta del rabino Isaac Meyer Sise, la personalidad judía más relevante de Estados Unidos, y en esta conferencia se alzó una propuesta de oposición radical al sionismo:
La oposición al sionismo político y a su nacionalismo se fundaba en lo esencial de la tradición judía y su fidelidad a la fe profética, expresada claramente, por ejemplo, en las palabras del rabino Hirsh, pronunciadas el 3 de octubre de 1878 y publicadas por el Washington post: “El sionismo es diametralmente opuesto al judaísmo. El sionismo quiere definir al pueblo judío como una entidad nacional (…) Esto es una herejía (citado por Garaudy, 1987, pp. 194-195)
Este rechazo frontal a la vertiente política del sionismo se justifica si comprendemos la negativa por parte del pueblo judío a cumplir durante casi veinte siglos su misión universal de volver a la tierra de Israel. La disociación entre el pueblo judío y los sionistas sobrepasaba para ellos los confines de la historia judía. Como ha quedado claro, a lo largo de la historia los judíos han demostrado de forma eficiente de qué manera un pueblo puede mantener sus tradiciones e identidad sin tener que depender de un marco estatal.
El impacto de la Primera Guerra Mundial
Si bien la guerra de 1914-18 fue de carácter europeo, tuvo consecuencias en el complejo mundo colonial: la importancia del Medio Oriente como fuente de aprovisionamiento de un elemento fundamental como el petróleo, pero también como vía de paso, hicieron inevitable que el conflicto llegara a esas tierras.
Los acontecimientos que generaron este enfrentamiento supusieron un quiebre en el mundo colonial, ya que sirvió entre otras cosas, para acelerar muchos procesos de afirmación nacional que se venían gestando. Como sostiene Grimal (1989) tanto el mensaje del discurso bolchevique como la declaración del presidente norteamericano Woodrow Wilson sobre la autodeterminación de los pueblos, fue el telón de fondo de las reivindicaciones particulares de las naciones que hasta ese entonces habían estado sometidas al control colonial. [11]
Con los territorios extra europeos se procedió de una manera particular, ya que los catorce puntos del Wilson sólo fueron aplicados a los territorios europeos. Contrariamente a las promesas británicas hechas a los pueblos árabes, los vencedores no consideraron “oportuno” la autodeterminación de esos pueblos y por medio de acuerdos establecieron un sistema de Mandatos. Este suponía una superación del antiguo sistema colonial y marcaba, al menos en la teoría, el camino para la independencia de la zona. Se establecieron tres tipos: por un lado los orientales, denominados A; en un segundo lugar los africanos llamados B, y en un tercer y último lugar los coloniales o C, que incluían las zonas de África sudoriental y territorios del Pacífico en poder alemán hasta la guerra. Si bien el territorio árabe no fue claramente objeto de apropiación por parte de las potencias, tampoco permitía el ejercicio pleno de sus derechos por parte de sus habitantes. Esta política fue tomada por ellos como una traición y dio lugar a un gran malestar en la zona, punto de partida del panarabismo. Asimismo, la limitación del poder del Califa de Constantinopla generó un fuerte movimiento de protesta en el interior del mundo islámico que se extendió más allá del mundo árabe.
En las conferencias de paz celebradas en Paris, no participaron ninguna de las naciones que aspiraban a su autodeterminación; por el contrario, Francia y Gran Bretaña ejercieron una poderosa tutela sobre los mandatos de tipo A y B, especialmente los territorios pertenecientes al vencido Imperio Otomano, considerados de importancia estratégica. Francia a cargo de los territorios de Siria y el Líbano, e Inglaterra para la Mesopotamia y Palestina incluidos los territorios de Jordania e Israel, se comprometieron ante la Sociedad de las Naciones, a determinar y asegurar las futuras vías para la independencia. Sin embargo, la vaguedad con la que se planteó el proceso emancipatorio dio lugar a una visible lentitud; sólo el territorio de Irak logró conseguir su independencia antes de 1945.
Al intervenir en la Gran Guerra como aliado de los alemanes, el Imperio Otomano quedó situado dentro el bando perdedor; por ello, a partir de 1916 Francia e Inglaterra a decidieron comenzar a concretar la repartición de las provincias árabes pertenecientes al imperio. Así fue que por medio de acuerdos secretos firmados por el cónsul general francés Charles Picot y el diputado británico sir Mark Sykes –los llamado acuerdos Sykes-Picot, luego revisados y reconfirmados por el acuerdo de Lausana 1923-, Gran Bretaña se apoderó del este de Irak con los protectorados de Omán, Bahréin y Kuwait, lo que indudablemente le permitió aumentar su presencia en el tan disputado Golfo Pérsico, clave por su posición estratégica en la ruta hacia la India. Además, acumuló influencia en el resto de Irak, el norte de la península Arábiga y Transjordania. Por su parte, Francia acaparó para sí el Líbano, Siria y el norte de Irak. Por último, Palestina quedó bajo control británico (Kraumer, 2008, p. 147)
Mientras todo esto se desarrollaba, en Siria, Irak, el Líbano y el reino de Nejdz y Herjaz (Península Arábiga), surgieron grupos que aspiraban a la formación de un gran Estado árabe independiente. En 1930 se concretó la independencia de Irak; Siria y el Líbano accedieron a una autonomía controlada en 1936, y Egipto en 1923 obtuvo la independencia formal. En la mayoría de los casos las potencias occidentales consintieron el acceso al poder de familias tradicionales que de alguna manera “juraron fidelidad” tanto a ingleses como franceses.
Por su parte, en noviembre de 1917 el ministro de Asuntos Exteriores Arthur James Balfour comunicó a los sionistas residentes en Londres que la corona británica contemplaba la posibilidad de establecer una patria nacional para el pueblo judío en territorio palestino.
La guerra constituyó un sensible freno para el avance del movimiento sionista y abrió un período difícil para la población judía residente en tierras de Israel (ishuv): de los 85.000 judíos colonos, luego de la contienda quedaron 56.000. Mucho tuvieron que abandonar esas tierras debido a las medidas adoptadas por el gobierno turco contra los judíos; otros, sin embargo, lograron soportar los malos tratos y se prepararon para luchar.
La rápida jugada realizada por el movimiento sionista británico y sus contactos con el gobierno hicieron posible ligar el futuro político del sionismo con los intereses británicos. Esta decisión fue fundamental porque fervientes activistas sionistas se encargaron de organizar brigadas probritánicas para luchar en la contienda[12]. Pero no fueron los esfuerzos realizados por los ishuv los que provocaron la buena voluntad británica con respecto a los intereses nacionalistas judíos; fueron factores de orden estratégico. En primer término, consideraron que apoyando al sionismo lograrían influir en el sionismo americano, provocando el ingreso de los Estados Unidos a la contienda. En segundo término, apostaron por ciertos acuerdos con los sionistas, ya que consideraban decisiva su ayuda para expulsar al Imperio Otomano de la zona. En tercer lugar, pensaban que al apoyar al sionismo y eliminar a los turcos, encontraban una justificación para el abandono del compromiso contraído con Francia en 1916 por medio de los acuerdos Sykes-Picot. Por último, consideraban que una parte del cuerpo de oficiales alemán y austríaco era judío[13]; de allí que intentaran persuadir a los oficiales de los ejércitos a desertar. Para ello lanzaron una masiva propaganda en yiddish sobre Alemania y Austria proclamando que los aliados estaban dando tierra de Israel al pueblo de Israel, y de esta forma la victoria aliada implicaría el retorno del pueblo judío.
Londres entró en contacto con la organización sionista, y más específicamente con su futuro presidente Chaim Weizmann, “el judío inglés”. Durante largos meses se establecieron negociaciones para poder redactar una declaración que implicara el claro apoyo del sionismo a la causa de la Entente a cambio del reconocimiento británico de la causa judía.
Luego de algunas tratativas, los británicos optaron por la famosa “Declaración Balfour”, en la que se establecía:
No hay duda de que esta declaración constituyó un triunfo importantísimo para el movimiento sionista; sin embargo, su trascendencia en el ámbito mundial fue relativa. De hecho, no fue la “Declaración Balfour” la que allanó el camino para la creación de Israel ya que, como veremos, fueron los ingleses los que luego intentaron obstaculizar el camino hacia la conformación del Estado judío.
Paralelamente a las negociaciones con los sionistas, los ingleses desarrollaron un intercambio entre el representante británico en Egipto, Henry MacMahon y Al -Hussein, el guardián de La Meca. El documento resultante fue la carta del 24 de octubre de 1916 en la que el Alto Comisariado prometía la creación de un reino árabe independiente de casi toda la extensión asiática del Imperio otomano, a cambio de la ayuda militar en la guerra[15]; aunque, vale aclarar, sometido a una conexión institucional con Gran Bretaña. En un principio, las tierras de Palestina parecían encontrarse dentro del territorio ofrecido por los ingleses a Hussein, aunque en la carta, al mencionar a Jerusalén, se hablaba de garantizar la inviolabilidad internacional, lo que pareciera aludir a algún tipo de acuerdo, pero sin quedar del todo claro.
La rebelión de Hussein, estalló en junio de 1916 en el Hedjaz, costa occidental de la Península Arábiga. El objetivo era debilitar el dominio del Imperio turco sometido desde hacía dos años a fuertes enfrentamiento con los países de la Entente. Estos episodios de guerra en el desierto provocados por los árabes –entre los que destacan los hijos de Hussein, Faisal y Abdulah- con ayuda de los británicos y la intervención de Thomas Edward Lawrence, más conocido como Lawrence de Arabia[16], provocaron el debilitamiento del Imperio Otomano en tierras asiáticas. La revuelta evolucionó de forma positiva para los árabes, lo que permitió que, en octubre de 1918, Faisal lograra instalarse en Damasco –capital del reino que él creía prometido- y se proclamara Rey de los Árabes. Los límites geográficos de este reino no estaban del todo claros, pero, sin duda no incluían el Líbano y Palestina, debido a que el primer territorio fue entregado a Francia y el segundo a Gran Bretaña. Finalmente, el devastado Imperio Otomano firmó el armisticio de Mudros, el 30 de octubre de 1918, y el consiguiente tratado de paz de Sèvres en 1920, en el que el territorio turco quedaba confinado al corazón mismo de Anatolia. El resto de la Turquía asiática fue ocupado por los aliados.
El período de entreguerras
Los intereses y pretensiones de los ingleses sobre Medio Oriente cambiaron apenas finalizó la Primera Guerra Mundial. Sus objetivos estratégicos experimentaron un viraje desde una posición filosionista a otra proárabe, basándose en una política exterior mucho más realista que ética e idealista. En este nuevo contexto, el movimiento sionista consideró fundamental un acercamiento al mundo árabe y a finales de 1918 el líder del movimiento, Weizmann, se entrevistó con el emir Faisal, líder del nacionalismo árabe que, como vimos, estaba por ser coronado rey de Siria. En esos años se establecieron buenas relaciones entre los dos movimientos llegando incluso a firmarse el 3 de enero de 1919 un pacto entre ambos, en el que el emir prestaba su apoyo a la Declaración Balfour y a la inmigración judía. Incluso en una carta posterior del 5 de marzo de 1919, el emir Faisal reivindicaba los dos nacionalismos y consideraba que de hecho ambos movimientos se complementaban:
En relación con esta alianza estratégica entre una elite árabe y el movimiento sionista, Finkelstein considera que “la dependencia fundamental del sionismo con respecto a los británicos para establecer y mantener su dominio en Palestina, restringía sus opciones frente al mundo árabe” (2003, p.75), es decir que sólo podría llegar a algún acuerdo en tanto y en cuanto éste fuera funcional a los intereses británicos en la zona. En la práctica, eso significó que los sionistas pactaran con una elite árabe igualmente dependiente de los británicos –el emir Faisal- que era sumamente impopular entre su propio pueblo. “Dada la propia naturaleza del proyecto sionista –esto es, la pretensión de implantar un Estado judío excluyente en medio del mundo árabe y a expensas de los árabes palestinos- sólo de las élites árabes más corruptas podían en cualquier caso esperarse que se alinearan con él” (Idem, p. 46).
Los ingleses poco a poco se desentendieron de su responsabilidad en la creación del Hogar para los judíos que estipulaba la Declaración Balfour; sin embargo, el movimiento sionista no se manejó solamente mediante una estrategia diplomática, sino que efectuó en forma paralela una política de colonización de tierras palestinas. Ya en la década de 1920, la población judía se triplicó llegando a 160.000 personas; se crearon numerosas colonias agrícolas y empresas industriales, a pesar de la política británica contraria a la inmigración judía en la zona. En octubre de 1920 se reunió la denominada Asamblea Constituyente, que sería luego llamada Asamblea Electa. Formaron parte de esta organización los representantes de los partidos políticos hasta ese entonces existentes, prevaleciendo desde un principio los partidos de corte socialista, destacándose entre los mismos el Mapai (Partido de los Trabajadores de la Tierra de Israel- Mifleget Poalei Eretz Israel)[17], liderado por David Ben Gurión.
Para ese entonces sólo faltaba cerrar diplomáticamente el mapa de Medio Oriente, lo que se efectuó en una conferencia en El Cairo en marzo de 1921, en la que las potencias mandatarias establecieron los límites en la región de la Mesopotamia. El rey Faisal quedó con el premio consuelo de ocupar el actual territorio iraquí, mientras que su hermano obtuvo un pequeño territorio en Transjordania, donde fundó la ciudad de Amman.
Finalmente, el 24 de abril de 1922, la Sociedad de las Naciones confirmó la vigencia del Mandato Británico en Palestina. La situación allí era bien diferente a la de Irak y Transjordania, ya que Londres en este caso no podía proceder a la institucionalización de un nuevo Estado porque eso significaba inclinarse ante la fuerza numérica de los árabes.
Tres fuerzas actuaron sobre las tierras palestinas, y determinaron el futuro de la situación: 1) Gran Bretaña, que desde ese año ejerció el Mandato sobre esas tierras hasta mayo de 1948, pero que recién en 1937 reconoció la necesidad de dividir las tierras palestinas en dos estados distintos, uno árabe y otro judío. 2) Los sionistas, que desde hacía años venían organizando sus propias instituciones que luego le permitieron constituirse como Estado. 3) los árabes palestinos, representados por el Consejo Supremo Musulmán, presidido por el Muftí de Jerusalén, Hadj Amine Al Husseini, y el Partido Palestino Árabe Nacional, y más tarde por el Alto Comité Árabe creado en 1936 que, sintiéndose traicionados por los británicos, comenzó a efectuar acciones violentas contra los judíos.
Los primeros episodios tuvieron lugar en abril de 1920 con motivo de la festividad religiosa coincidente para judíos y palestinos (Yom Kippur). El Día del Trabajador de ese mismo año también estuvo teñido de violencia, lo que obligó a Gran Bretaña a enviar la primera de una serie de comisiones destinada a investigar el problema árabe-judío. La primera (1921) estuvo a cargo de lord Thomas Haycraft –de allí toma el nombre de Comisión Haycraft-, determinando que la principal causa del conflicto en la zona eran las constantes inmigraciones judías. Al año siguiente, cuando Wilson Churchill estaba a cargo del ministerio de Colonias, se publica en Londres un Libro Blanco [18]. En él se argumentaba que nunca se había pretendido la subordinación de la mayoría árabe a ninguna autoridad sionista y se dio un paso más en la aceptación de las exigencias árabes al permitir la emigración en la medida en que fuera posible por la capacidad de absorción económica de Palestina:
En 1928 y en agosto de 1929 tuvieron lugar unas nuevas rebeliones antijudías en Jerusalén, caracterizadas por un alto grado de violencia. La nueva comisión enviada para estudiar el caso, denominada Shaw, dio lugar a la publicación de un nuevo Libro Blanco en mayo de 1930. Allí se proponía la limitación de la inmigración judía en la zona, prohibiendo además la compra de tierras por parte de éstos; esta política, sin embargo, fue rechazada por el gobierno británico.
El rechazo de este segundo Libro Blanco y la cada vez más importante inmigración judía en la zona generó un aumento del antisionismo árabe, provocando un levantamiento general convocado por el Comité Supremo Árabe, que duró desde 1936 hasta 1939. Estos casi tres años de rebelión sin frentes permanentes, fue llamada por los palestinos la Gran Revuelta. La misma consistió en el accionar fundamentalmente espontáneo de campesinos y sectores marginados de los centros urbanos, que tomó por sorpresa a la pequeña elite de dirigentes palestinos (sólo un 9% participaron, y menos de un 5% digirió acciones armadas o de guerrilla). El levantamiento, si bien fue precipitado por los desafíos y las inequidades surgidas producto del enclave judío en el Mandato, se presentó claramente antibritánico. La revuelta puso en serios aprietos a la administración británica, generando que la potencia mandataria desplegara un gran número de tropas en la zona (Kramer, 2008, p. 12). Debido a que los judíos apoyaban a la potencia mandataria, pasaron a ser contendientes del conflicto. El hecho que la revuelta árabe fuera dirigida ante todo contra los británicos, “(…) tal vez sea el mejor reflejo de la actitud de los árabes respecto de la presencia sionista en Palestina (...) Creían sinceramente que el yishuv se vendría abajo en cuanto se le negara el apoyo político de la potencia mandataria” (Ben Ami, 2006, p. 21).
En un primer y tentativo “alto el fuego”, empezó a redactarse el llamado Informe Peel, presidida por Lord Robert Peel, que se publicó en julio de 1937. “En el mismo se recomienda la partición de los territorios en una zona palestina y una israelí, ambas de extensión similar, parcheadas en forma de cantones para cada bando, y una faja central, bajo control de Londres que unirá Jerusalén con el puerto de Jaffa” (Bastenier, 1999, p. 68). El Congreso Sionista de ese año aceptó este Plan de partición; sin embargo, los árabes no llegaron a un acuerdo.
En noviembre de ese mismo año se publicó un nuevo informe británico, redactado por la Comisión Woodhead, que proponía la demarcación de las tres zonas en que debía dividirse Palestina, de las cuales dos terceras partes les pertenecerían a los árabes. En esta ocasión no sólo los árabes rechazaron el plan de partición, sino que también los sionistas se sumaron al repudio.
Por esos días, los ingleses renunciaron finalmente a la idea de partición y plantearon la convocatoria de una conferencia en Londres que duró hasta marzo del año siguiente. Los representantes británicos se reunieron por separado con los árabes y con los sionistas, y de ambas reuniones surgió un nuevo Libro Blanco denominado Mac Donald, en el que se planteó como solución la formación de un Estado en el que los dos pueblos, el árabe y el judío compartirían una autoridad, prescindiendo de esta forma del proyecto de partición. Además, establecía que, durante el período de transición hacia ese Estado binacional, el gobierno mandatario controlaría estrictamente la inmigración y las transferencias de tierras. De hecho, el gobierno británico redujo de manera drástica la inmigración judía en la zona y limitó la adquisición de tierras confiando en poder ganarse así la simpatía de los árabes. El objetivo de Londres ante el nuevo contexto mundial era, por un lado, no traicionar sus intereses sin que por ello se complicara la situación con la diáspora judía.
La Gran Revuelta hizo patente para todos los sectores que componían el movimiento sionista, que el conflicto entre dos naciones con objetivos diametralmente opuestos era de carácter irreconciliable. De hecho, esta revuelta es considerada por muchos como el preludio de la guerra declarada entre árabes y judíos por la propiedad exclusiva de Palestina. La brutal represión de los británicos condujo a la comunidad árabe al borde del colapso y la disolución, y de alguna manera creó las condiciones para la “catástrofe” árabe de 1948. Éstos debieron pagar muy alto precio por el desafío realizado a la metrópoli: se vieron despojados de sus líderes e instituciones representativas, y debieron ver como el principal líder del nacionalismo palestino, el Mufti[se viera obligado a huir del territorio.
El conflicto árabe-judío se mantuvo latente durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial, cuyas consecuencias condicionaron en gran medida el desarrollo de la cuestión palestina.


Bibliografia

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Ramirez         R.A  "Proceso  histórico Bélico  en el Medio  Oriente "


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La guerra de siempre: pasado, presente y futuro del conflicto árabe-israelí: 1999

Cicatrices de guerra, heridas de paz. La tragedia árabe-israelí
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Breve historia el sionismo
J. B. Culla
Breve historia el sionismo: 2005