finales del siglo XVIII, el auge de las tendencias seculares producto del Iluminismo en Europa, provocaron un cambio sustancial en la vida cotidiana de los judíos. La forma de vivir de esta comunidad había girado hasta ese entonces en torno a los preceptos religiosos, pero con el cambio cultural y social provocado por las “nuevas ideas” y el culto al progreso, se abrieron nuevas y variadas posibilidades, desconocidas hasta ese entonces. Debido a ello, algunos judíos comenzaron a aplicar su talento en variadas disciplinas como la filosofía o la literatura y lograron, en algunos sectores selectos de la intelectualidad, una integración/asimilación casi perfecta con el mundo occidental.[1]
Durante los siglos XVII, XVIII y XIX, importantes sectores del judaísmo se transformaron en la avanzada de las ideas más progresistas y revolucionarias de la sociedad, asumiendo una posición política liberal antifeudal, y con el tiempo marxista y anticapitalista. Su rechazo creciente al tradicionalismo, establecido entre otros por su propia religión, los llevó a elaborar teorías destinadas cambiar en profundidad el orden establecido: “Rechazando una ortodoxia que encuentran, apolillada, rutinaria y fósil, promueven un judaísmo edulcorado y cada vez menos judío (…)” (Culla, 2005, p. 19)
El Iluminismo judío, denominado habitualmente Haskalá[2], fue el que dio un giro al pensamiento judío tradicional. Aunque sus raíces encuentran en la Ilustración europea, las condiciones y problemas específicos de la cuestión judía le imprimieron un carácter distintivo. En su etapa inicial fue un movimiento de la clase media; sus metas culturales, así como sus réditos inmediatos, sólo podían ser compartidos por un número limitado de judíos educados. Las masas, en su mayoría, permanecieron alejadas y, más aún, se mostraron hostiles a la idea de asimilarse culturalmente ya que esto podría traer como consecuencia la apostasía. Para gran parte de la población, que era tradicional u ortodoxa, el iluminismo judío fue percibido como una amenaza a sus valores, como un desvío. Sus seguidores, llamados maskilim, atacaron el oscurantismo y la superstición de los rabinos y su abuso de poder, propugnando en contraposición valores seculares y la suplantación de la educación tradicional por escuelas modernas.
La Haskalá tuvo su origen en la ciudad de Berlín como un programa de un pequeño grupo de judíos guiado por Moisés Mendelssohn (1729-1786), con la idea de familiarizarlos e interiorizarlos con la cultura europea en general y con la alemana en particular, para que estos grupos lograran integrarse en las sociedades en las que residían de forma efectiva.[3]
El espíritu iluminista secular cautivó fundamentalmente a las clases medias/altas de la sociedad judía que, apoyando la progresiva aparición de los principios liberales y democráticos, allanaron el camino para la futura consecución de la igualdad civil de derechos de la comunidad judía en los diversos países, especialmente en Europa occidental. La consecución de esa tan anhelada igualdad de algún modo permitió la rápida erosión de los moldes tradicionales que estructuraban el comportamiento de la comunidad judía, dejando las cuestiones meramente religiosas para el ámbito privado.
Sin embargo, y pese al intento de incorporación, asimilación y trasformación política-jurídica por parte de los países europeos de la comunidad judía consecuencia de la Revolución francesa, el movimiento iluminista secular y emancipatorio fracasó; el incremento del antisemitismo durante el siglo XIX, con sus flamantes dimensiones racistas y políticas dejó entrever que el problema judío no era sólo una cuestión jurídica y política. Asimismo, es importante aclarar que la mayor parte del judaísmo europeo, radicado en la zona de Europa oriental, ni siquiera disfrutó durante esa época los efímeros beneficios de la “emancipación”.
Como explican Ben Ami y Medin, las causas del antisemitismo son sumamente complejas pero se podría considerar una de las principales, los elementos mitológicos y atávicos propios de la herencia cultural de Europa (Ben Ami, Medin, 1991, p. 23). De allí que, según los autores, el problema judío no haya tenido una solución duradera.
El sionismo es el movimiento nacionalista del pueblo judío, que plantea como objetivo el regreso de los judíos del mundo a la tierra de Israel, su patria originaria, para constituir una entidad política independiente, un Estado-nación. Toma su nombre de Sion, la colina de la parte nordeste de Jerusalén sobre la que antiguamente se construyó la ciudad y en los que se encontraba el templo de Salomón.
Según Yosef Gorny (1987) y las subsiguientes interpretaciones sobre éste de Norman G. Finkelstein (2003, p. 62), en las bases del sionismo “moderno”, se dio lo que denominan un “consenso ideológico”, que abarcaba las diferentes variantes del pensamiento sionista de ese entonces. Las tres tendencias que coexistían en ese consenso eran: un sionismo cultural o místico, un sionismopolítico-nacionalista y uno de corte laborista. Estas vertientes de pensamiento coincidían en un punto fundamental que les permitía plantear la posibilidad de consenso: la necesidad de alcanzar una mayoría numérica de judíos en territorios palestinos.
Los orígenes del pensamiento sionista se encuentran en el comúnmente denominado sionismo místico, hundido en las profundidades mismas del judaísmo y de la conciencia colectiva del pueblo judío. Desde esta perspectiva, el judaísmo es visto como la religión nacional del pueblo judío, que ha perdido su independencia hace miles de años, edificando en cambio una patria de tipo espiritual. Esta vertiente fue la respuesta directa a los ataques antisemitas en Europa, y a aquellos grupos que bregaban por las ideas asimilacionistas.
La concepción cultural o mística, “(…) quería resolver no el problema de los judíos sino el problema del judaísmo en el mundo moderno. En su opinión, la supervivencia del judaísmo y del pueblo judío estaba amenazada no tanto por el antisemitismo como por la civilización cada vez más laica que los hacía anacrónicos” (Ídem, p. 63).
En este sentido, su preocupación no era el posible rechazo al nuevo mundo sino la seducción que podía ejercer éste en la comunidad judía. Por eso se consideraba urgente la adaptación de la religión al mundo contemporáneo, pero sin perder su sello distintivo y milenario. Obtener un territorio donde agrupar al pueblo judío en diáspora, un centro espiritual que funcionara como una fuerza aglutinante era fundamental para su estrategia; de allí que fuera imprescindible la mayoría numérica de judíos dentro del nuevo Estado. Era la condición necesaria y suficiente para construir un Estado de judíos, que posibilitaría el “nacimiento espiritual de la nación judía”( ibidem).
Por su parte, el sionismo de tipo político y nacionalista, que aspiraba a la creación de un Estado-nación judío en el territorio de Palestina. El sionismo se fundamentará entonces en “la normalización de la vida de la comunidad judía y la afirmación de una personalidad judía, la reivindicación de la dignidad y de la identidad, el despertar cultural y la realización de los valores propios” (Martínez Carreras, 1992, p. 29). Como respuesta a la tradición de la Revolución Francesa, pensaba la cuestión judía en clave nacionalista. De acuerdo con las corrientes nacionalistas que adquirieron fuerza a mediados y fines del siglo XIX, existían lazos que vinculaban de manera natural a determinados individuos y excluía a otros; era por eso que cada comunidad orgánicamente organizada debía dotarse de un Estado independiente; un Estado común para un pueblo común; un pueblo común para un Estado común. Así, no pretendía luchar con el cada vez más virulento y conservador antisemitismo, sino que buscaba con esta fórmula política alcanzar una “sana” convivencia con el enemigo, creando así un Estado que les perteneciera en su totalidad. Era por eso que debían llegar a ser mayoría numérica, porque en caso contrario se repetirían las negativas experiencias del pasado.
Por último, la vertiente laborista consideraba el problema judío como consecuencia “no sólo de la carencia de un Estado, sino de la estructura de clase de la nación judía, que se había descompensado y deformado en el transcurso de su larga dispersión” (Finkelstein, 2003, p. 61), provocando un exceso de clase media y pequeños propietarios y una escasa cantidad de trabajadores. El objetivo de esta concepción era la creación de un Estado “sano” que se encargara de la reconstrucción de la clase obrera judía. “Dado que los intereses de esa clase exigían un Estado socialista, esa era la única solución verdadera para el problema judío” (Ibidem). La necesidad de una mayoría numérica se debía en este caso a las mismas razones que utilizaba el sionismo político: para poder decidir el futuro de la comunidad.
La adhesión de cada una de estas concepciones a la creación de un Estado judío para la nación judía “se expresó de forma concreta y sin ambigüedades en su insistencia en que ese futuro Estado concedería un status privilegiado a los judíos de la diáspora” (Ídem, p. 64). Sin embargo, tanto el sionismo político como el sionismo laborista con esa afirmación no descartaban la existencia de una minoría árabe que sería respetada en todos sus derechos tanto civiles como políticos, lo que por muchos fue denominado como un Estado binacional. Simplemente se pretendía establecer que la cara visible del Estado de Israel iba a ser la comunidad judía, como se daba incluso en muchos casos de Estados contemporáneos.
El sionismo siempre defendió el derecho histórico que tenían los judíos de volver a la tierra prometida, lo que se denominó “derecho de retorno”[4]. Este derecho prioritario a establecer un Estado judío en tierras palestinas se basaba, supuestamente, en la presencia primigenia del pueblo judío en esa tierra. Su justificación, además de política -como vimos con anterioridad en la explicación de nación o comunidad orgánica- era de carácter topográfico, ya que consideraba que la solución para el problema judío era “el asentamiento de los judíos en su patria histórica y el candidato obvio para tal patria era por supuesto Palestina (Tierra de Israel), con sus variadas resonancias para el pueblo judío” (Ídem, p. 68). El hecho de presentar esta tierra como patria histórica tenía dos consecuencias directas: la primera era que en el mundo había un pueblo sin un Estado –aunque había muchas comunidades en la misma situación-, residiendo por lo tanto en un Estado (o varios) ajeno a él; por esa razón se enfrentaba a los claros problemas de asimilación y de rechazo –el antisemitismo-. La segunda consecuencia era que esta patria de carácter histórico con derechos inalienables dejaba en segundo plano a los árabes residentes en esos territorios desde siglos antes. Según esta teoría, los árabes autóctonos palestinos, a diferencia de los judíos, no eran una comunidad separada con características propias –como sí lo eran los judíos residentes allí-, con un pasado en común y un futuro por delante, sino que, por el contrario, pertenecían a una nación superior –la nación árabe sin estado- en la que las tierras palestinas propiamente dichas no tenían ningún significado específico. Este argumento justificaba el derecho de congregar a todos los judíos del mundo en sus tierras, las tierras de Palestina, para poder conformar un Estado-nación de carácter predominantemente judío, en el cual sin duda estaba permitido el asentamiento de otras comunidades, las cuales tendrías los mismos derechos que los judíos, pero solamente constituirían una minoría.
A partir de 1881 la historia de los judíos dio un giro copernicano, y ello en buena medida se debió a un renacimiento del antisemitismo en países como Rusia, Alemania, Francia y Austria. Los pogromos[5] realizados en Rusia en ese año, luego del asesinato del zar reformista Alejandro II el 13 de marzo y la ascensión al trono de Alejandro III, marcaron el comienzo de un acoso que se prolongó por más de tres años. Las leyes de marzo de 1882 significaron la separación de los judíos de sus tierras y la limitación clara de sus derechos. Pero el antisemitismo fue de vasto alcance: la Okrana, policía política imperial, creó en 1903 el grupo terrorista llamado “Centuria Negra”[6] que se dedicó a organizar salvajes matanzas contra la población judía bajo el lema “Golpea al Judío y salva a Rusia”.
El flujo migratorio producto de las persecuciones muestra cifras espectaculares: entre 1881 y 1914 alrededor de 3 millones de judíos abandonaron Europa Oriental para buscar una mejor vida. Del total de los emigrados, las dos terceras partes tuvieron como destino Estados Unidos, mientras que el tercio restante buscó opciones variadas, como la Argentina, Australia y Canadá, entre otros.
Luego de los trágicos acontecimientos de 1881 –las persecuciones en el sur de Rusia conocidas como “las tormentas del sur”- comenzaron a surgir en el seno de la sociedad judía organizaciones nacionalistas de jóvenes que abogaban por la unificación de la comunidad judía en su propia patria, la tierra de Israel. Dentro de estos intentos de formular una ideología nacional sionista fue fundamental el ensayo de Iehuda Leib Pinsker (1821-1891) titulado “Autoemancipación”. En ese escrito, el autor –uno de los principales ideólogos de la “cuestión judía”- considera como base del problema el hecho de que la dispersión por el mundo se tradujo en la existencia de una minoría incomprendida situada en medio de distintos pueblos. La solución era entonces la autoliberación de los judíos en su propia patria dejando de peregrinar por todo el mundo. Es importante aclarar que Pinsker no pensó exclusivamente en la tierra de Palestina: debido a la terrible situación de los judíos en Europa oriental, era preciso encontrar una solución inmediata; de allí propuestas como la instalarse en Uganda.
En la fase de gestación del movimiento sionista tuvo también suma importancia la figura de Nathan Birnbaum (1864-1937), considerado por muchos como el primer expositor de las ideas culturales del sionismo a partir de sus escritos en un periódico judío de Viena, Selbstemanzipation (Autoemancipación), en el que expuso que el movimiento nacional judío debía llegar a ser una fuerza política y hacer reconocer los derechos del pueblo judío en Palestina.
Más allá de los aportes de los teóricos citados, Theodore Herzl (1860-1904) –periodista austriaco judío- es considerado como el auténtico organizador del movimiento sionista. Este prestigioso periodista, perfectamente asimilado a las costumbres y usanzas de su país natal, fue testigo presencial del famoso caso de Alfred Dreyfus, capitán del ejército francés de origen judío, acusado de espionaje y alta traición a Francia en favor de los intereses alemanes[7]. Esta falsa acusación conmocionó a una parte importante de la sociedad francesa y Herzl pudo observar las manifestaciones callejeras del pueblo convulsionado por los acontecimientos, mostrando un antisemitismo irracional. Ante estos hechos, Herzl comprendió la necesidad de resolver la cuestión judía, planteando esa solución en su famoso libro llamado “El Estado Judío” (Herzl,1895). Si bien es considerado padre del movimiento sionista, en sus comienzos Herzl no fijaba exclusivamente su vista en Palestina y en el monte Sión: “Que se nos otorgue la soberanía sobre una parte del planeta lo bastante grande para satisfacer las justas exigencias de una nación; lo demás lo haremos por nosotros mismos” (Idem, p. 71).
Incluso entre sus planes se encontraba la posibilidad de adquirir tierras en la Patagonia argentina, en el territorio de Uganda -que por ese entonces era parte del Imperio británico- o en Kenia. donde los británicos en 1903 le ofrecieron al movimiento sionista más de 10.000 Kms cuadrados. Su sionismo fue manifiestamente político, ya que las formas que planteaba para la consecución de sus objetivos eran políticas y diplomáticas. Consideraba el problema judío como un problema a escala internacional, y por lo tanto sostenía que la solución a esta crisis sólo podía alcanzarse por medio de acuerdos diplomáticos con los grandes dirigentes políticos mundiales, como el emperador alemán y el sultán turco, con el objetivo último de lograr una posible legitimación de la inmigración judía en las tierras palestinas manifestándose contrario a las posiciones que hablaban de infiltración y colonización sin ningún tipo de garantías:
Herzl optaba por esta estrategia, firmemente apoyada por una gran parte del movimiento sionista, porque estaba convencido de que los indígenas árabes residentes en tierras palestinas desde hacía muchas generaciones no iban a estar de acuerdo con la inmigración en masa de judíos, por lo que era imprescindible una legitimación internacional para lograr los objetivos deseados. El aporte principal de Herzl a la causa judía fue la idea de la fundación de un Estado para el pueblo judío; su trabajo fue la expresión en términos políticos –la formación de una entidad estatal moderna- del deseo místico de la comunidad judía en diáspora. Su ímpetu y fuerza de voluntad animaron a un movimiento nacionalista cada vez más estructurado y abocado a la conformación de un Estado judío en las tierras de Palestina.
Entre el 29 y el 31 de agosto de 1897 logró convocarse el primer Congreso Sionista Mundial en Basilea (Suiza), cuyo principal objetivo era la unificación de de todas las organizaciones sionistas del mundo[8]. A este primer Congreso asistieron 200 delegados de países de todo el mundo y de él surgió lo que para muchos fue el texto fundador del movimiento sionista, en el que se establecía como patria para el pueblo judío la tierra de Israel (De Langhe, 2003, p. 62).
En el primer Congreso se creó la Organización Sionista Mundial, encargada de agrupar a todas las instituciones que en cualquier lado del mundo –sea la misma Palestina o cualquier otro sitio- apoyaran la creación del Estado judío. La organización se encargó de convocar a los sucesivos congresos mundiales: tanto el II (1898) como el III (1899) tuvieron lugar en Viena. Lo destacable del II Congreso fue, a pesar de la insistente negativa de Herzl, la decisión explícita de estimular la colonización en territorio palestino aunque no fueran establecidos acuerdos diplomáticos ni garantías políticas. El IV Congreso (1900) fue convocado en Londres y el V (1901) nuevamente en Viena. En este último se organizó la Banca Nacional Judía y “se adoptó el principio de rescate sistemático de la tierra en Palestina con la creación del Keren Kayemeth LeIsrael”, o Fondo Agrario Nacional.
En 1903, se celebró el VI Congreso Sionista donde nuevamente se planteó como una posibilidad el establecimiento del Estado Judío en el territorio de Uganda. Este supuesto cambio de planes de debió fundamentalmente a la necesidad de salvar a los judíos rusos que estaban siendo exterminado por los pogroms que tuvieron lugar en Kisinev (1903), una de las peores matanzas perpetradas por las “Centurias Negras”, donde murieron 45 judíos, muchos quedaron heridos y cientos de ellos fueron expropiados. Sin embargo, este plan fue rechazado por la mayoría del movimiento considerando como única opción para el asentamiento judío la tierra de Palestina: no hay sionismo sin Sion.
En 1904 muere Herzl, y si bien hubo una crisis interna entre posible sucesores del carismático padre del movimiento –los candidatos eran Willard I. Zangwill, considerado pro-occidental y Chaim Weizmann, representante del judaísmo ruso- para el VII Congreso convocado nuevamente en Basilea (1905), esta crisis fue superada estableciéndose por un lado que el líder del movimiento era Weizmann, y además que el principio fundamental del movimiento era la formación de un Estado Judío en tierras palestinas.[9]
Paralelamente a la colonización sionista comenzaron a fundarse colonias obreras. En 1908 aparecen las primeras aldeas cooperativas llamadas mochavin, pero luego de dos años de preparación en 1910 se funda en Um Junieh Degania el primer kibutz. Según Weinstock, la búsqueda de vías alternativas y originales de colonización obrera se debió a las experiencias desdichadas pasadas en las que las granjas sionistas habían sido dirigidas por un jefe, situación que provocó reiteradas huelgas.
Al llegar a la Primera Guerra Mundial, el sionismo era la clara expresión del nacionalismo judío, y a pesar de algunas diferencias internas estaba fuertemente estructurado y organizado.
Judaísmo versus sionismo
Con el surgimiento del sionismo a finales del siglo XIX, la comunidad judía sufrió un gran cisma. Este se presentó a sí mismo como un movimiento de liberación del pueblo judío frente al antisemitismo creciente en el mundo; sin embargo, esta visión totalizadora no fue compartida por el conjunto de la comunidad judía. Por el contrario, recibió la condena y el rechazo de sectores influyentes dentro de ella. La oposición judía al sionismo fue –y aún hoy sigue siendo- muy amplia, e incluyó en ese entonces: movimientos modernistas e ilustrados asimilacionistas, como la Alianza Israelita Universal[10], tendencias socialistas y comunistas, y los grupos religiosos ortodoxos.
Los grupos progresistas, estaban fundamentalmente en contra del carácter utópico del movimiento. Para ellos ya era demasiado tarde para intentar agrupar a millones de judíos del mundo, que tenían una vida organizada y hasta puestos de poder, en una porción de tierra. “La humanidad estaba avanzando hacia la asimilación, el cosmopolitismo y la cultura mundial” (Laquer, 2003, p.385). El avance económico y social tendía cada vez más a borrar las diferencias nacionales; ir en contra de la historia era calificado como utópico y reaccionario.
En segundo lugar, las tendencias socialistas y comunistas, que desde una perspectiva cuasi filosófica coincidían con la vertiente progresista en la crítica que le hacía al sionismo, pero diferían en el proyecto de base. “No solo la aculturación comunista, sino también la asimilación en las filas de la izquierda supuso una contrafuerza poderosa frente al sionismo, que propagaba los principios del internacionalismo y del universalismo” (Karady, 1999, p. 193). Cuando el proyecto sionista comenzó a desplegarse, estos grupos lo acusarán de “imperialista” y “colonizador”, similar e incluso peor que cualquier empresa realizada por las naciones europeas, y cuyo único objetivo era obtener el aval de las grandes potencias para lograr sus objetivos.
A la vertiente laica-progresista y de izquierda se le sumaron los grupos religiosos más ortodoxos, que consideraron que el discurso sionista hacía una lectura tribal de la Biblia para justificar bajo pretextos religiosos una estrategia imperialista y colonizadora. La interpretación que realizaban los sionistas de los Textos Sagrados generó un repudio de amplios sectores religiosos, ya que en su visión representaba una negación de la tradición judía, concibiendo a este movimiento como una amenaza “implacable y frontal” al judaísmo. Fue así que, paralelamente al fortalecimiento del sionismo se gestó un movimiento dispuesto a contrarrestar la propuesta de Herzl: “(…) la pretensión de T. Herzl, de representar al pueblo judío como una totalidad irrita tanto a las autoridades rabínicas como a los notables de las comunidades” (Rabkin, 2008, p. 27). En 1897, se convocó una conferencia en Montreal a propuesta del rabino Isaac Meyer Sise, la personalidad judía más relevante de Estados Unidos, y en esta conferencia se alzó una propuesta de oposición radical al sionismo:
La oposición al sionismo político y a su nacionalismo se fundaba en lo esencial de la tradición judía y su fidelidad a la fe profética, expresada claramente, por ejemplo, en las palabras del rabino Hirsh, pronunciadas el 3 de octubre de 1878 y publicadas por el Washington post: “El sionismo es diametralmente opuesto al judaísmo. El sionismo quiere definir al pueblo judío como una entidad nacional (…) Esto es una herejía (citado por Garaudy, 1987, pp. 194-195)
Este rechazo frontal a la vertiente política del sionismo se justifica si comprendemos la negativa por parte del pueblo judío a cumplir durante casi veinte siglos su misión universal de volver a la tierra de Israel. La disociación entre el pueblo judío y los sionistas sobrepasaba para ellos los confines de la historia judía. Como ha quedado claro, a lo largo de la historia los judíos han demostrado de forma eficiente de qué manera un pueblo puede mantener sus tradiciones e identidad sin tener que depender de un marco estatal.
El impacto de la Primera Guerra Mundial
Si bien la guerra de 1914-18 fue de carácter europeo, tuvo consecuencias en el complejo mundo colonial: la importancia del Medio Oriente como fuente de aprovisionamiento de un elemento fundamental como el petróleo, pero también como vía de paso, hicieron inevitable que el conflicto llegara a esas tierras.
Los acontecimientos que generaron este enfrentamiento supusieron un quiebre en el mundo colonial, ya que sirvió entre otras cosas, para acelerar muchos procesos de afirmación nacional que se venían gestando. Como sostiene Grimal (1989) tanto el mensaje del discurso bolchevique como la declaración del presidente norteamericano Woodrow Wilson sobre la autodeterminación de los pueblos, fue el telón de fondo de las reivindicaciones particulares de las naciones que hasta ese entonces habían estado sometidas al control colonial. [11]
Con los territorios extra europeos se procedió de una manera particular, ya que los catorce puntos del Wilson sólo fueron aplicados a los territorios europeos. Contrariamente a las promesas británicas hechas a los pueblos árabes, los vencedores no consideraron “oportuno” la autodeterminación de esos pueblos y por medio de acuerdos establecieron un sistema de Mandatos. Este suponía una superación del antiguo sistema colonial y marcaba, al menos en la teoría, el camino para la independencia de la zona. Se establecieron tres tipos: por un lado los orientales, denominados A; en un segundo lugar los africanos llamados B, y en un tercer y último lugar los coloniales o C, que incluían las zonas de África sudoriental y territorios del Pacífico en poder alemán hasta la guerra. Si bien el territorio árabe no fue claramente objeto de apropiación por parte de las potencias, tampoco permitía el ejercicio pleno de sus derechos por parte de sus habitantes. Esta política fue tomada por ellos como una traición y dio lugar a un gran malestar en la zona, punto de partida del panarabismo. Asimismo, la limitación del poder del Califa de Constantinopla generó un fuerte movimiento de protesta en el interior del mundo islámico que se extendió más allá del mundo árabe.
En las conferencias de paz celebradas en Paris, no participaron ninguna de las naciones que aspiraban a su autodeterminación; por el contrario, Francia y Gran Bretaña ejercieron una poderosa tutela sobre los mandatos de tipo A y B, especialmente los territorios pertenecientes al vencido Imperio Otomano, considerados de importancia estratégica. Francia a cargo de los territorios de Siria y el Líbano, e Inglaterra para la Mesopotamia y Palestina incluidos los territorios de Jordania e Israel, se comprometieron ante la Sociedad de las Naciones, a determinar y asegurar las futuras vías para la independencia. Sin embargo, la vaguedad con la que se planteó el proceso emancipatorio dio lugar a una visible lentitud; sólo el territorio de Irak logró conseguir su independencia antes de 1945.
Al intervenir en la Gran Guerra como aliado de los alemanes, el Imperio Otomano quedó situado dentro el bando perdedor; por ello, a partir de 1916 Francia e Inglaterra a decidieron comenzar a concretar la repartición de las provincias árabes pertenecientes al imperio. Así fue que por medio de acuerdos secretos firmados por el cónsul general francés Charles Picot y el diputado británico sir Mark Sykes –los llamado acuerdos Sykes-Picot, luego revisados y reconfirmados por el acuerdo de Lausana 1923-, Gran Bretaña se apoderó del este de Irak con los protectorados de Omán, Bahréin y Kuwait, lo que indudablemente le permitió aumentar su presencia en el tan disputado Golfo Pérsico, clave por su posición estratégica en la ruta hacia la India. Además, acumuló influencia en el resto de Irak, el norte de la península Arábiga y Transjordania. Por su parte, Francia acaparó para sí el Líbano, Siria y el norte de Irak. Por último, Palestina quedó bajo control británico (Kraumer, 2008, p. 147)
Mientras todo esto se desarrollaba, en Siria, Irak, el Líbano y el reino de Nejdz y Herjaz (Península Arábiga), surgieron grupos que aspiraban a la formación de un gran Estado árabe independiente. En 1930 se concretó la independencia de Irak; Siria y el Líbano accedieron a una autonomía controlada en 1936, y Egipto en 1923 obtuvo la independencia formal. En la mayoría de los casos las potencias occidentales consintieron el acceso al poder de familias tradicionales que de alguna manera “juraron fidelidad” tanto a ingleses como franceses.
Por su parte, en noviembre de 1917 el ministro de Asuntos Exteriores Arthur James Balfour comunicó a los sionistas residentes en Londres que la corona británica contemplaba la posibilidad de establecer una patria nacional para el pueblo judío en territorio palestino.
La guerra constituyó un sensible freno para el avance del movimiento sionista y abrió un período difícil para la población judía residente en tierras de Israel (ishuv): de los 85.000 judíos colonos, luego de la contienda quedaron 56.000. Mucho tuvieron que abandonar esas tierras debido a las medidas adoptadas por el gobierno turco contra los judíos; otros, sin embargo, lograron soportar los malos tratos y se prepararon para luchar.
La rápida jugada realizada por el movimiento sionista británico y sus contactos con el gobierno hicieron posible ligar el futuro político del sionismo con los intereses británicos. Esta decisión fue fundamental porque fervientes activistas sionistas se encargaron de organizar brigadas probritánicas para luchar en la contienda[12]. Pero no fueron los esfuerzos realizados por los ishuv los que provocaron la buena voluntad británica con respecto a los intereses nacionalistas judíos; fueron factores de orden estratégico. En primer término, consideraron que apoyando al sionismo lograrían influir en el sionismo americano, provocando el ingreso de los Estados Unidos a la contienda. En segundo término, apostaron por ciertos acuerdos con los sionistas, ya que consideraban decisiva su ayuda para expulsar al Imperio Otomano de la zona. En tercer lugar, pensaban que al apoyar al sionismo y eliminar a los turcos, encontraban una justificación para el abandono del compromiso contraído con Francia en 1916 por medio de los acuerdos Sykes-Picot. Por último, consideraban que una parte del cuerpo de oficiales alemán y austríaco era judío[13]; de allí que intentaran persuadir a los oficiales de los ejércitos a desertar. Para ello lanzaron una masiva propaganda en yiddish sobre Alemania y Austria proclamando que los aliados estaban dando tierra de Israel al pueblo de Israel, y de esta forma la victoria aliada implicaría el retorno del pueblo judío.
Londres entró en contacto con la organización sionista, y más específicamente con su futuro presidente Chaim Weizmann, “el judío inglés”. Durante largos meses se establecieron negociaciones para poder redactar una declaración que implicara el claro apoyo del sionismo a la causa de la Entente a cambio del reconocimiento británico de la causa judía.
Luego de algunas tratativas, los británicos optaron por la famosa “Declaración Balfour”, en la que se establecía:
No hay duda de que esta declaración constituyó un triunfo importantísimo para el movimiento sionista; sin embargo, su trascendencia en el ámbito mundial fue relativa. De hecho, no fue la “Declaración Balfour” la que allanó el camino para la creación de Israel ya que, como veremos, fueron los ingleses los que luego intentaron obstaculizar el camino hacia la conformación del Estado judío.
Paralelamente a las negociaciones con los sionistas, los ingleses desarrollaron un intercambio entre el representante británico en Egipto, Henry MacMahon y Al -Hussein, el guardián de La Meca. El documento resultante fue la carta del 24 de octubre de 1916 en la que el Alto Comisariado prometía la creación de un reino árabe independiente de casi toda la extensión asiática del Imperio otomano, a cambio de la ayuda militar en la guerra[15]; aunque, vale aclarar, sometido a una conexión institucional con Gran Bretaña. En un principio, las tierras de Palestina parecían encontrarse dentro del territorio ofrecido por los ingleses a Hussein, aunque en la carta, al mencionar a Jerusalén, se hablaba de garantizar la inviolabilidad internacional, lo que pareciera aludir a algún tipo de acuerdo, pero sin quedar del todo claro.
La rebelión de Hussein, estalló en junio de 1916 en el Hedjaz, costa occidental de la Península Arábiga. El objetivo era debilitar el dominio del Imperio turco sometido desde hacía dos años a fuertes enfrentamiento con los países de la Entente. Estos episodios de guerra en el desierto provocados por los árabes –entre los que destacan los hijos de Hussein, Faisal y Abdulah- con ayuda de los británicos y la intervención de Thomas Edward Lawrence, más conocido como Lawrence de Arabia[16], provocaron el debilitamiento del Imperio Otomano en tierras asiáticas. La revuelta evolucionó de forma positiva para los árabes, lo que permitió que, en octubre de 1918, Faisal lograra instalarse en Damasco –capital del reino que él creía prometido- y se proclamara Rey de los Árabes. Los límites geográficos de este reino no estaban del todo claros, pero, sin duda no incluían el Líbano y Palestina, debido a que el primer territorio fue entregado a Francia y el segundo a Gran Bretaña. Finalmente, el devastado Imperio Otomano firmó el armisticio de Mudros, el 30 de octubre de 1918, y el consiguiente tratado de paz de Sèvres en 1920, en el que el territorio turco quedaba confinado al corazón mismo de Anatolia. El resto de la Turquía asiática fue ocupado por los aliados.
El período de entreguerras
Los intereses y pretensiones de los ingleses sobre Medio Oriente cambiaron apenas finalizó la Primera Guerra Mundial. Sus objetivos estratégicos experimentaron un viraje desde una posición filosionista a otra proárabe, basándose en una política exterior mucho más realista que ética e idealista. En este nuevo contexto, el movimiento sionista consideró fundamental un acercamiento al mundo árabe y a finales de 1918 el líder del movimiento, Weizmann, se entrevistó con el emir Faisal, líder del nacionalismo árabe que, como vimos, estaba por ser coronado rey de Siria. En esos años se establecieron buenas relaciones entre los dos movimientos llegando incluso a firmarse el 3 de enero de 1919 un pacto entre ambos, en el que el emir prestaba su apoyo a la Declaración Balfour y a la inmigración judía. Incluso en una carta posterior del 5 de marzo de 1919, el emir Faisal reivindicaba los dos nacionalismos y consideraba que de hecho ambos movimientos se complementaban:
En relación con esta alianza estratégica entre una elite árabe y el movimiento sionista, Finkelstein considera que “la dependencia fundamental del sionismo con respecto a los británicos para establecer y mantener su dominio en Palestina, restringía sus opciones frente al mundo árabe” (2003, p.75), es decir que sólo podría llegar a algún acuerdo en tanto y en cuanto éste fuera funcional a los intereses británicos en la zona. En la práctica, eso significó que los sionistas pactaran con una elite árabe igualmente dependiente de los británicos –el emir Faisal- que era sumamente impopular entre su propio pueblo. “Dada la propia naturaleza del proyecto sionista –esto es, la pretensión de implantar un Estado judío excluyente en medio del mundo árabe y a expensas de los árabes palestinos- sólo de las élites árabes más corruptas podían en cualquier caso esperarse que se alinearan con él” (Idem, p. 46).
Los ingleses poco a poco se desentendieron de su responsabilidad en la creación del Hogar para los judíos que estipulaba la Declaración Balfour; sin embargo, el movimiento sionista no se manejó solamente mediante una estrategia diplomática, sino que efectuó en forma paralela una política de colonización de tierras palestinas. Ya en la década de 1920, la población judía se triplicó llegando a 160.000 personas; se crearon numerosas colonias agrícolas y empresas industriales, a pesar de la política británica contraria a la inmigración judía en la zona. En octubre de 1920 se reunió la denominada Asamblea Constituyente, que sería luego llamada Asamblea Electa. Formaron parte de esta organización los representantes de los partidos políticos hasta ese entonces existentes, prevaleciendo desde un principio los partidos de corte socialista, destacándose entre los mismos el Mapai (Partido de los Trabajadores de la Tierra de Israel- Mifleget Poalei Eretz Israel)[17], liderado por David Ben Gurión.
Para ese entonces sólo faltaba cerrar diplomáticamente el mapa de Medio Oriente, lo que se efectuó en una conferencia en El Cairo en marzo de 1921, en la que las potencias mandatarias establecieron los límites en la región de la Mesopotamia. El rey Faisal quedó con el premio consuelo de ocupar el actual territorio iraquí, mientras que su hermano obtuvo un pequeño territorio en Transjordania, donde fundó la ciudad de Amman.
Finalmente, el 24 de abril de 1922, la Sociedad de las Naciones confirmó la vigencia del Mandato Británico en Palestina. La situación allí era bien diferente a la de Irak y Transjordania, ya que Londres en este caso no podía proceder a la institucionalización de un nuevo Estado porque eso significaba inclinarse ante la fuerza numérica de los árabes.
Tres fuerzas actuaron sobre las tierras palestinas, y determinaron el futuro de la situación: 1) Gran Bretaña, que desde ese año ejerció el Mandato sobre esas tierras hasta mayo de 1948, pero que recién en 1937 reconoció la necesidad de dividir las tierras palestinas en dos estados distintos, uno árabe y otro judío. 2) Los sionistas, que desde hacía años venían organizando sus propias instituciones que luego le permitieron constituirse como Estado. 3) los árabes palestinos, representados por el Consejo Supremo Musulmán, presidido por el Muftí de Jerusalén, Hadj Amine Al Husseini, y el Partido Palestino Árabe Nacional, y más tarde por el Alto Comité Árabe creado en 1936 que, sintiéndose traicionados por los británicos, comenzó a efectuar acciones violentas contra los judíos.
Los primeros episodios tuvieron lugar en abril de 1920 con motivo de la festividad religiosa coincidente para judíos y palestinos (Yom Kippur). El Día del Trabajador de ese mismo año también estuvo teñido de violencia, lo que obligó a Gran Bretaña a enviar la primera de una serie de comisiones destinada a investigar el problema árabe-judío. La primera (1921) estuvo a cargo de lord Thomas Haycraft –de allí toma el nombre de Comisión Haycraft-, determinando que la principal causa del conflicto en la zona eran las constantes inmigraciones judías. Al año siguiente, cuando Wilson Churchill estaba a cargo del ministerio de Colonias, se publica en Londres un Libro Blanco [18]. En él se argumentaba que nunca se había pretendido la subordinación de la mayoría árabe a ninguna autoridad sionista y se dio un paso más en la aceptación de las exigencias árabes al permitir la emigración en la medida en que fuera posible por la capacidad de absorción económica de Palestina:
En 1928 y en agosto de 1929 tuvieron lugar unas nuevas rebeliones antijudías en Jerusalén, caracterizadas por un alto grado de violencia. La nueva comisión enviada para estudiar el caso, denominada Shaw, dio lugar a la publicación de un nuevo Libro Blanco en mayo de 1930. Allí se proponía la limitación de la inmigración judía en la zona, prohibiendo además la compra de tierras por parte de éstos; esta política, sin embargo, fue rechazada por el gobierno británico.
El rechazo de este segundo Libro Blanco y la cada vez más importante inmigración judía en la zona generó un aumento del antisionismo árabe, provocando un levantamiento general convocado por el Comité Supremo Árabe, que duró desde 1936 hasta 1939. Estos casi tres años de rebelión sin frentes permanentes, fue llamada por los palestinos la Gran Revuelta. La misma consistió en el accionar fundamentalmente espontáneo de campesinos y sectores marginados de los centros urbanos, que tomó por sorpresa a la pequeña elite de dirigentes palestinos (sólo un 9% participaron, y menos de un 5% digirió acciones armadas o de guerrilla). El levantamiento, si bien fue precipitado por los desafíos y las inequidades surgidas producto del enclave judío en el Mandato, se presentó claramente antibritánico. La revuelta puso en serios aprietos a la administración británica, generando que la potencia mandataria desplegara un gran número de tropas en la zona (Kramer, 2008, p. 12). Debido a que los judíos apoyaban a la potencia mandataria, pasaron a ser contendientes del conflicto. El hecho que la revuelta árabe fuera dirigida ante todo contra los británicos, “(…) tal vez sea el mejor reflejo de la actitud de los árabes respecto de la presencia sionista en Palestina (...) Creían sinceramente que el yishuv se vendría abajo en cuanto se le negara el apoyo político de la potencia mandataria” (Ben Ami, 2006, p. 21).
En un primer y tentativo “alto el fuego”, empezó a redactarse el llamado Informe Peel, presidida por Lord Robert Peel, que se publicó en julio de 1937. “En el mismo se recomienda la partición de los territorios en una zona palestina y una israelí, ambas de extensión similar, parcheadas en forma de cantones para cada bando, y una faja central, bajo control de Londres que unirá Jerusalén con el puerto de Jaffa” (Bastenier, 1999, p. 68). El Congreso Sionista de ese año aceptó este Plan de partición; sin embargo, los árabes no llegaron a un acuerdo.
En noviembre de ese mismo año se publicó un nuevo informe británico, redactado por la Comisión Woodhead, que proponía la demarcación de las tres zonas en que debía dividirse Palestina, de las cuales dos terceras partes les pertenecerían a los árabes. En esta ocasión no sólo los árabes rechazaron el plan de partición, sino que también los sionistas se sumaron al repudio.
Por esos días, los ingleses renunciaron finalmente a la idea de partición y plantearon la convocatoria de una conferencia en Londres que duró hasta marzo del año siguiente. Los representantes británicos se reunieron por separado con los árabes y con los sionistas, y de ambas reuniones surgió un nuevo Libro Blanco denominado Mac Donald, en el que se planteó como solución la formación de un Estado en el que los dos pueblos, el árabe y el judío compartirían una autoridad, prescindiendo de esta forma del proyecto de partición. Además, establecía que, durante el período de transición hacia ese Estado binacional, el gobierno mandatario controlaría estrictamente la inmigración y las transferencias de tierras. De hecho, el gobierno británico redujo de manera drástica la inmigración judía en la zona y limitó la adquisición de tierras confiando en poder ganarse así la simpatía de los árabes. El objetivo de Londres ante el nuevo contexto mundial era, por un lado, no traicionar sus intereses sin que por ello se complicara la situación con la diáspora judía.
La Gran Revuelta hizo patente para todos los sectores que componían el movimiento sionista, que el conflicto entre dos naciones con objetivos diametralmente opuestos era de carácter irreconciliable. De hecho, esta revuelta es considerada por muchos como el preludio de la guerra declarada entre árabes y judíos por la propiedad exclusiva de Palestina. La brutal represión de los británicos condujo a la comunidad árabe al borde del colapso y la disolución, y de alguna manera creó las condiciones para la “catástrofe” árabe de 1948. Éstos debieron pagar muy alto precio por el desafío realizado a la metrópoli: se vieron despojados de sus líderes e instituciones representativas, y debieron ver como el principal líder del nacionalismo palestino, el Mufti[se viera obligado a huir del territorio.
El conflicto árabe-judío se mantuvo latente durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial, cuyas consecuencias condicionaron en gran medida el desarrollo de la cuestión palestina.
Bibliografia
Mercedes Saborino :El origen del conflicto de Medio Oriente: una revisión historiográfica
Ramirez R.A "Proceso histórico Bélico en el Medio Oriente "
Palestina, el porqué de la tragedia
Palestina, el porqué de la tragedia: 2007
La guerra de siempre: pasado, presente y futuro del conflicto árabe-israelí
La guerra de siempre: pasado, presente y futuro del conflicto árabe-israelí: 1999
Cicatrices de guerra, heridas de paz. La tragedia árabe-israelí
Cicatrices de guerra, heridas de paz. La tragedia árabe-israelí: 2006
https://es.scribd.com/...rente-Al-Estado-de-Israel
Documentos de trabajo Cemoc: 2008
Breve historia el sionismo
Breve historia el sionismo: 2005